domingo, 27 de octubre de 2013

Esa mala actriz llamada Lolita del Río

Diana Bracho. Fuente: Getty Images
Latam  / Clasos
«Muchas estrellas del cine mexicano eran pésimas actrices. Mi tía Dolores del Río, que era preciosa, hizo una carrera extraordinaria en Hollywood –perdón tía Dolores– pero era pésima actriz». La afirmación la hizo Diana Bracho, ella misma una intérprete de alto calibre en la escena azteca, en el marco del Festival Internacional de Cine de Guadalajara, celebrado en marzo de 2011, en el que era homenajeada por su trayectoria.

No era una declaración gratuita: fue su respuesta a una pregunta formulada durante la rueda de prensa, referida a su concepto sobre la existencia de actores no profesionales en las cintas mexicanas. Sin embargo, la noticia cobró grandes titulares. No era para menos, pues cuestionaba la calidad profesional de la legendaria Del Río, ícono del cine hollywoodense y del propio mexicano durante la llamada Edad de Oro, de quien además Bracho era pariente lejana.

A pesar de lo antipático que pudiera sonar, no era la primera vez que se cuestionaba la línea de actuación de Dolores Del Río, reina en cuanto a enarcar la ceja junto a María Félix, otro ícono intocable para la legión de admiradores que aun ostentan ambas. Innegable como lo es la belleza de estas mexicanas en su juventud, muchos críticos las ven más como personalidades llenas de encanto que iluminaron la pantalla con su majestuosa presencia. 

Ya en 1934, la crítica cinematográfica mexicana Cube Bonifant catalogaba a Dolores Del Río como a una actriz sin belleza (algo totalmente falso) y con pocas cualidades artísticas (algo también discutible) cuando ésta actuó en la película Madame DuBarry (William Dieterle, 1934): “La última favorita del ‘Rey Sol’ o ‘el Bien Amado’ es demasiado mujer para una dama de tan escaso atractivo físico e importancia artística como Lolita del Río”. (Ilustrado, 16 de agosto de 1934, pág. 22). Un comentario que le acarreó bastantes enemistades, sobre todo con los fanáticos de la famosa actriz.

Dolores del Río, diva de Hollywood, en 1935.
El 11 de abril de este año se cumplieron 30 años de la partida de Dolores Del Río, en 1983, víctima de una cirrosis hepática a los 78 años de edad. Su verdadero nombre era Dolores Martínez Asúnsolo y López Negrete, oriunda de Durango donde nació el 3 de agosto de 1905.

Hija única de un banquero y hacendado, provenía de una acaudalada familia de Durango. Entre sus ilustres parientes estaban el político revolucionario y presidente Francisco Madero, los actores Ramón Novarro y Andrea Palma, así como el director Julio Bracho, este último padre de Diana Bracho.

Dolores tuvo una educación privilegiada en colegios de monjas. A los 15 años contrajo matrimonio con el abogado Jaime Del Río, quien le aventajaba en diez años y cuyo apellido ella hizo famoso como estrella cinematográfica, primero de Hollywood, luego en el cine mexicano en su época dorada.

Una de las preciosistas imágenes de la película María Candelaria.
Hablar de su trayectoria en Hollywood es reiterar en información ya conocida, al igual que su participación en el cine mexicano, a comienzos de la década de los 40. Su asociación con Emilio "El Indio" Fernández, director y productor quien con un equipo compuesto por el novelista y guionista Mauricio Magdaleno, el camarógrafo Gabriel Figueroa y el actor Pedro Armendáriz, le dispuso en bandeja de plata roles ya legendarios en películas tan recordadas como Flor Silvestre, María Candelaria, Bugambilia y Las abandonadas.

El impacto de la imagen de Dolores del Río ha perdurado como ícono de belleza y elegancia, aun en nuestros días. En julio de 2010, el Museo Soumaya exhibió 55 imágenes inéditas de la actriz, provenientes del Centro de Estudios de Historia de México. La exposición Dolores del Río: la encantadora de cámaras, presentó una selección de las 2 mil 500 fotografías personales que la estrella guardaba y que después de su muerte fueron depositadas por su último esposo, Lewis Riley, en el Archivo Histórico del Centro de Estudios de Historia de México en el fondo MXXIV, donde fue ordenado y clasificado.

El atractivo de la muerte, bellamente fotografiado por Gabriel Figueroa en María Candelaria.
En aquella oportunidad, la curadora de la exposición, Eva Ayala, explicó que la muestra inaugurada en el 2009 había sido renovada y en esa ocasión se exhibían 57 imágenes nuevas, 55 de las cuales eran inéditas y permitirían al público conocer el trabajo de los artistas del séptimo arte.

En agosto de 2011, a 107 años de su nacimiento, fue recordada nuevamente en una muestra fotográfica en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México.

¿Fue Dolores Del Río solo una mala actriz con una fama ganada por su encantadora belleza y magnífica presencia en la pantalla?


David Ramón  crítico de cine, historiador, investigador y profesor universitario mexicano dio en su momento su opinión con respecto a las polémicas declaraciones de Diana Bracho. Ante todo, señaló que estas partían de la ignorancia: ella nunca había visto la mayoría de las películas de Dolores Del Río, ya que en la proyección de Evangeline, en el Festival de Morelia, Bracho le había manifestado su admiración por la labor actoral de Dolores en este filme y afirmó que no había visto la mayor parte de su filmografía: ni del Hollywood mudo ni del hablado, ni de sus películas en México o en Europa.


De igual manera, Ramón se sirvió de las opiniones de directores hollywoodenses tan reputados como Raoul Walsh, Don Siegel, John Ford (que dirigió a Del Río en dos ocasiones) y, sobre todo, Orson Welles, quienes la consideraron excelente actriz.



En todo caso, Dolores siempre se sintió satisfecha de su trabajo fílmico y de su interesante vida, según se desprende de una afirmación suya, hecha años antes de su fallecimiento: «He pagado el precio de la gloria cinematográfica y he conocido el premio, no puedo quejarme. Ahora sigo viviendo como quiero vivir; con mi esposo Lou no sólo comparto la pasión por el teatro, por el mar, los viajes, la vida. Puedo mirar hacia atrás con alegría, hacia delante con esperanza. Todavía hay mucho quehacer, vamos a hacerlo con esa misma pasión que he puesto en todo por encima de penas y alegrías que la vida ha podido depararme. Pienso que lo esencial para mí fue haber sabido encontrar un sentido a mi propia existencia y haberme entregado a él con plenitud, sin reservas, apasionadamente, porque solo apasionadamente puedo enfrentarme al cotidiano y excepcional arte de vivir».

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