lunes, 11 de septiembre de 2017

1967: Marina y Bardina brillan con "Lucecita"

La leyenda rosa encarnada por la pareja Marina Baura - Jose Bardina
tuvo su punto máximo en Lucecita.
En 1967 los medios de comunicación social venezolanos anunciaban el estreno de Lucecita en el canal 4. Este melodrama había sido de las primeras radionovelas escritas por Delia Fiallo, quien había logrado con ella gran receptividad en la radio cubana. Cuando tocó el turno de llevar adaptaciones de estas producciones radiales para la televisión de ese país caribeño, Delia no dudó en seleccionarla por su probado éxito.

Al profundizarse las medidas implementadas por el gobierno de Fidel Castro en la isla, la autora cubana salió al exilio en 1966 y estableció su residencia en Miami, Estados Unidos. Al año siguiente se presentó la oportunidad de iniciar una relación profesional con los Cisneros a través de su canal Venevisión. ¿Cuál de sus guiones propuso llevar a la pantalla? Por supuesto, Lucecita, en una adaptación a cargo de la escritora venezolana Ligia Lezama, quien regresaba a la TV después de un receso. Ella se encargaría de aumentar algunas escenas y ajustar el libreto a la audiencia criolla.

Eva Moreno
Ese año, la televisión nacional exhibió producciones dramáticas de gran impacto. Durante el mes de julio, el canal de la competencia —Radio Caracas Televisión, RCTV— había comenzado a grabar en videotape los primeros capítulos de La Tirana, la obra de Manuel Muñoz Rico que marcó el retorno de Eva Moreno al medio televisivo, con el galán Edmundo Arias. Entre el reparto se encontraban Amalia Pérez Díaz, José Jordá y Rafael Cabrera. Reaparecía Eduardo Serrano, para la época un joven actor prometedor, mientras que Bárbara Teyde hacía su primera actuación en el staff de Bárcenas. La Tirana se estrenó a partir del mes de agosto, meses después de Lucecita, en horario de 9:00 de la noche.

Sin tener rival en su horario de 6:00 pm, Lucecita fue transmitida de lunes a viernes para reforzar el bloque vespertino de dramáticos; antecedía a La pasión de los débiles primero y, al terminar esta, a La otra. Inserta dentro de la tradición romántica del melodrama rosa —muchacha inocente del campo viaja a la ciudad y trabaja como sirvienta en casa del joven rico; allí es víctima de la(s) maldad(es) de la(s) villana(s) y luego de muchas vicisitudes, descubre que ella también es rica y alcanza el amor—, significó una gran oportunidad para muchos de los que intervinieron en su realización. De hecho, se convirtió en el lanzamiento de una nueva pareja protagónica para el canal: Marina Baura y José Bardina, quienes a partir de entonces lograron una posición estelar.

El elenco reunía a destacadas figuras de la actuación, entre las cuales se encontraban Carmen Antillano, como la abuela aristócrata; María Luisa Rico como la altiva Graciela; Leonardo Oliva, como el amargado y sufrido Álvaro; José Oliva como Miguel, el hombre apegado a los convencionalismos sociales; Esperanza Magaz como la humanitaria Modesta; María Isabel Alba como la graciosa Fefa; y la reaparición de Néstor Zavarce como actor. La dirección estuvo a cargo de Tito Borbollo y Juan Lamata, un director que estuvo al lado de la Baura en varias de sus telenovelas más conocidas y a quien ella profesó un afecto especial.

En ese momento, Marina era considerada como “una actriz que se destacaba notablemente y una de las más talentosas del medio”. Su verdadero nombre era Julia Pérez y había nacido el 1º de noviembre de 1941 en Santa María Madre, un pueblo de Galicia, España. Al poco tiempo su familia se mudó a Celanova, donde transcurriría su infancia y adolescencia. A los 14 años de edad debieron emigrar a Latinoamérica; fue así como se radicó junto a sus padres y su hermano Jesús en Venezuela.

Marina Baura: Color de Oro.
A pesar de su timidez, decidió ingresar al medio artístico a principios de los años 60, primero como modelo. En esa faceta destacaría en varios comerciales, especialmente en una publicidad de la Cerveza Caracas, en la que se le calificaba como “Color de Oro”, asociando su rubia cabellera a uno de los atributos de esta bebida.

En esa etapa, la inexperta Julia exhibía tanto sus atractivas cualidades físicas como un talento aún sin pulir para la interpretación. Consciente de la necesidad de desarrollar sus habilidades histriónicas, estudió arte dramático con el reconocido actor y director Paul Antillano en la academia Carmen Antillano. «Realmente lo que me gustaba era la actuación. Como modelo yo era muy mala», señaló en una ocasión.

Fuente: diario Panorama.
Estaba decidida a lograr destacar en el medio artístico venezolano y, por ello, no perdió oportunidad para entrenarse y mostrar su talento ante el público, aunque significara pequeñas apariciones. Así, logró hacer de extra en El Casino de la Alegría, bailó durante un mes en El Show de Renny y logró su primer trabajo como actriz en la serie Casos y cosas de casa, con América Alonso y Jorge Félix, donde  interpretó a una mucama que le provocaba celos a la Alonso. «Tenía que decir 'Sí, señor', 'No, señora' y me temblaba todo», comentó la actriz en una entrevista para la revista Todo en Domingo. También haría un pequeño personaje llamado Karuka en El Escuadrón Tacamajaca, un programa en vivo con Chuchín Marcano; e intervendría en La Quinta de Simón, junto a Simón Díaz.

Ya había incursionado en el cine, donde hasta 1967 había participado en cuatro películas. En 1962 intervino como extra en una breve escena junto a Ada Riera en la película Acosada, protagonizada por Libertad Leblanc y Néstor Zavarce. La primera en la que tuvo un rol de mayor importancia fue en Cuentos para mayores (1962), específicamente en el capítulo denominado La falsa oficina del supernumerario, junto a Rafael Briceño. Esta aparición representó su debut de la mano de Román Chalbaud, quien le sugirió cambiar su nombre real —el cual consideraba anodino— por el de Marina Baura. A esa le siguió una pequeña aparición en El raspado o Aventuras de un sinvergüenza (1964), dirigida por René Cardona Jr.; y luego un rol secundario en Yo, el Gobernador (Cardona Jr., 1965), junto a Joselo y José Jordá.

Marina Baura, de 19 años; y Ada Riera, de 14 años: dos extras de lujo en el film Acosada (1962).
Fuente: canal YouTube de Paúl Salazar Rivas.

En esta entrevista para la serie Archivo de la Palabra, de la Biblioteca Nacional, Marina cuenta cómo nace su nombre artístico:


Escena de la tercera historia de Cuentos para mayores: La falsa oficina del supernumerario, con Simón Díaz,
Rafael Briceño y Marina Baura. Fuente: canal YouTube de  Héctor Acosta Rojas

Amelia Román y Marina Baura en Madres
Solteras
(1966). Fuente: Getty Images.
Fotografía: Joseph Fabry
Sin embargo, su mayor logro se produjo al ser seleccionada como Yolanda, la hermana de la protagonista, en Madres solteras, con Amelia Román y Jorge Félix. A su juicio, «este trabajo me emocionó mucho porque era la primera vez que me daban un papel importante. Después de eso vino Lucecita…».

La actriz recordó en una entrevista que cuando le propusieron hacer la prueba para estelarizar Lucecita, no pensó lograrlo. A pesar de ello, accedió a cortarse el cabello, teñírselo de color oscuro y probar suerte. En ese momento, Marina se acababa de casar con el periodista Felo Jiménez y pensaba retirarse, «pero me ofrecieron ese papel y lo acepté. Por lo general, el público que ve telenovelas es sencillo, busca un mensaje bonito de amor o de mentiras y engaños, pero no algo complicado porque la idea no es complicar la vida del ama de casa», agregó.

José Bardina, todo un galán.
Para José Bardina, Madres solteras igualmente había sido un paso importante en su carrera. Como Marina, él también era de origen español, nacido el 27 de marzo de 1939 en Barcelona. Había estudiado hasta el tercer curso de bachillerato y también algo de contabilidad, pero en 1958 lo abandonó todo para concentrarse en su formación como actor en la Escuela Juana Sujo, en Caracas.

El escenario teatral se convirtió en el lugar de sus inicios como intérprete y en 1961 dio el salto a la televisión al ser contratado por  RCTV. Luego de varios roles menores, en 1965 encarnó a un célebre personaje de ficción conocido como El Halcón, que le granjeó las simpatías del público. Su transición hacia las telenovelas a través de Madres solteras fue fundamental para su proyección como galán y el logro de la estabilidad en su profesión. Lucecita fue el segundo escalón de lo que a futuro se convertiría en una fructífera carrera.

Ivonne Attas personificando a Angelina.
Fuente: diario Panorama, 1967.
En este teledrama destacaba además Ivonne Attas como la mala de la historia. En el diario Panorama (1967) se alababa la labor desplegada por ella y se la describía como una actriz que “siempre cumplió en los trabajos que a lo largo de su carrera le fueron encomendados”. De igual manera, destacaban su participación en Madres solteras, donde desempeñó un papel noble y humano que le valió el reconocimiento general del público, pero a juicio del periódico, ella estaba a la espera de su gran oportunidad de brillar y esta llegó en el rol de villana en Lucecita.

Su personaje de Angelina era “...de extraordinaria fuerza, de diversas transiciones, muy temperamental, lleno de amargura y frustraciones, inclinado al egoísmo y a la farsa“. Según el redactor de la nota periodística, ella lograba un insuperable trabajo artístico, pues el personaje fue aceptado y estudiado por Ivonne, “quien juega con él, lo conduce con propiedad y conocimiento…En un diálogo o un monólogo la vemos pasar de un estado apático a uno eufórico, de una bondad extrema a una inusitada violencia y para hacer esto frente a una cámara de TV, se necesita ser primero actriz y después también actriz”.

Ivonne Attas, un ángel perverso.
Lo que más cautivaba de esta interpretación era la diferencia entre el rol que le había tocado asumir en la ficción y su comportamiento en la vida real, pues Ivonne era considerada una dama de modales finos, de distinguida prestancia y de una bien acusada personalidad. En 2012, la actriz de origen sirio —nació en Damasco el 2 de agosto de 1943—recordaba los inicios de su relación profesional con la Baura:

«Mi relación con Marina empieza hace muchos años en un canal de televisión, con una telenovela que se hizo famosa en el mundo entero, porque ha sido grabada con diferentes títulos en otros países. Se trata de Lucecita, de la extraordinaria escritora de telenovelas, Delia Fiallo. Al éxito de esta novela siguieron otras de la misma autora, donde tuvimos el agrado de trabajar juntas, como lo fue La Señorita Elena. Por supuesto, allí también nos peleábamos ambas por el galán de moda de esa época, José Bardina. Cada una en su rol, ella de buena y sufrida, y yo de villana, donde estuve encasillada durante muchos años gracias a que Delia siempre escribió para mí estos personajes que me hicieron famosa …». (La TV en el banquillo, 26 de marzo de 2012)

José Oliva. Fuente: Panorama, 1967.
José Oliva, calificado por los medios como un actor recio, de gran personalidad y magnífica dicción, obtenía en esta novela una vitrina para exhibir sus cualidades histriónicas. En la columna “Tips”, de Ebert J. Lira (Panorama, 1967), se indicaba que Oliva se había retirado de la televisión donde años atrás “brindara tan buenos trabajos de actor en 'Domingos a las nueve' por el canal 2. Venevisión pensó en él para un personaje central en Lucecita y los días han demostrado su calidad interpretativa, su seguridad escénica que le permite bordar un papel bastante difícil y que requiere un gran trabajo encarnando a Miguel, personaje que le ha puesto de nuevo en primer plano de popularidad”.

La pareja de Marina y Bardina alcanzaría con esta producción un éxito sin precedentes. De hecho, Lucecita fue calificada por el diario Panorama (columna De aquí y de allá, Ebert J. Lira, 1967) como la “telenovela de mayor éxito en los últimos tiempos”.

En un giro curioso donde la realidad se fundía con la ficción, Marina quedó embarazada, al igual que su personaje en la trama: «Di a luz durante las grabaciones y, de hecho, mi hija salió en la novela. El embarazo se me notaba poco, era mi primer bebé, así que pudimos disimularlo. Hacíamos tomas cortas para que no me cansara, usaba vestidos anchos para que no se viera y cuando llegó la hora del parto se adelantaron algunos capítulos, pero apenas di a luz debí empezar de nuevo».

Marina en el camino a la fama. Fuente:
grupo Facebook Caracas en Retrospectiva
Para la actriz, el impacto de la protagonización le dejó gratos recuerdos, pero visto en retrospectiva ¿qué significó realmente para Marina su ascenso en el plano laboral? Ella lo resumió de manera muy sencilla: «Si los directores ven que tú rindes y que cumples con ciertas condiciones, te dan un papelito más grande y punto…Significó trabajo, hacerme una plataforma económica, hacer amigos que estuvieron en mi vida y que aún están. Mis hijas vieron la luz en la televisión: Marifé nació por Radio Caracas, Lolymar por Venevisión y Mónica es la única que nació fuera, pero prácticamente dentro».

- Cuando hice Lucecita, como cuando se hacen las cosas por primera vez, sentí que todo era bello. Todos éramos excelentes compañeros. Nada me molestaba, la pasé maravillosamente. Cuando di a luz, me llegaron ramos de flores de gente que ni conocía. Se cree que cuando tienes éxito con una novela llegas al estrellato y no es verdad. Corrimos con la suerte de que la novela gustó mucho y eso aumentó nuestra popularidad. Creo que en la mitad del camino se le agregaron capítulos y personajes a la trama, para poder alargarla. Por eso duró como dos años.

Paralelamente, la fama de Bardina fue muy comentada en ese momento: “El nuevo galán del canal 4 tuvo ocasión de saborear su popularidad en el reciente viaje que efectuara con otros artistas de Venevisión a la hermosa isla de Margarita. Las pavitas lo asediaron por todas partes y fue la primera figura más aplaudida de la delegación” (Panorama, julio de 1967).

Una pareja que hizo historia. Fuente:
grupo Facebook Caracas en Retrospectiva
La dupla Baura-Bardina daría aún más que hablar. A este hit seguirían La Señorita Elena (1968), Rosario (1969) y Lisa, mi amor (1970). Es precisamente al comenzar la década del 70 cuando Marina recibe una tentadora oferta de RCTV. Se muda de canal para interpretar junto a Oscar Martínez La virgen ciega (1970 y, luego, Cristina (1970), junto a Raúl Amundaray, pero ambas no contaron con el favor del público. Hubo que esperar hasta La Usurpadora (1971), cuando su doble papel de Alicia Estévez/Rosalba Bracho consolidaría el binomio Baura-Amundaray. Este rol la haría merecedora del reconocimiento de la Asociación de Cronistas de Espectáculos de Nueva York (ACE) como mejor actriz y la llevó a cantar en escenarios extranjeros, algo en lo cual ya había incursionado en 1969, cuando grabó un disco de canciones de Navidad que presentó en De Fiesta con Venevisión.

Aunque el próximo vehículo dramático de Marina junto a Elio Rubens —La Indomable (1972)— tuvo muy buenos niveles de audiencia, Raúl y ella se reunirían otra vez en nuevas producciones: La Italianita (1973), Valentina (1975), Resurrección (1977), TV Confidencial (1978) y Mabel Valdez (1979), pero ninguna tan exitosa como La Usurpadora.

A estas alturas, es necesario precisar que Marina estaba evolucionando en lo profesional, alejándose paulatinamente del personaje de damita joven en novelas rosa. En 1974 se incorporaría a la llamada telenovela cultural liderada por RCTV con la versión de Doña Bárbara, protagonizada con Elio Rubens; también encabezaría el elenco de Canaima y La balandra Isabel llegó esta tarde (1976), junto a Miguelángel Landa, así como Sobre la misma tierra (1976). Natalia de 8 a 9 (1980), de la mano de José Ignacio Cabrujas, marcó su madurez en la actuación, acompañada por otro actor de grandes dimensiones, Gustavo Rodríguez, con quien se le emparejaría nuevamente en Gómez II (1981) y Chao, Cristina (1983).

Entrada de la telenovela Natalia de 8 a 9. Fuente: canal YouTube de Venenovelas.

Su vida personal siempre estuvo expuesta al público, pero su discreción y hermetismo logró mantenerla alejada de murmuraciones y escándalos dentro de los predios faranduleros, incluso cuando se divorció de Felo Giménez y años después se casó con Hernán Pérez Belisario.

Al preguntársele qué hacía la diferencia entre encarnar un rol creado por Cabrujas y otro por Delia Fiallo, Marina respondió:

- Para mí los dos han sido muy importantes, cada uno en su estilo. Delia Fiallo significó mi comienzo como actriz aquí en Venezuela, haciéndome protagonista por primera vez; y José Ignacio me cambió de “damita” a primera actriz con Doña Bárbara.
Bardina y Lupita pronto conformaron
una nueva pareja ideal. Fuente: Tele-Guía. 
Por su parte, José Bardina también tuvo una transición vacilante hacia nuevas parejas protagónicas, pero con Esmeralda (1971), junto a Lupita Ferrer, encontró a la que sería su nueva compañera ideal. Con ella compartiría éxitos tales como Me llamo Julián, te quiero (1972); María Teresa (1972), Mi hermana gemela (1975), Mariana de la noche (1975), La Zulianita (1977) y Ligia Sandoval (1981). Además, formaría pareja con Rebeca González en dos clásicos del género en los 70: Peregrina (1973) y Una muchacha llamada Milagros (1974). Todas estas historias fueron escritas por Delia Fiallo. En su vida personal, se caracterizó por estar alejado de escándalos y líos de faldas. Se casó con la también actriz Amelia Román y con ella procreó su único hijo, José Alberto.

Bardina y Marina no se volvieron a reunir profesionalmente hasta Silvia Rivas, divorciada (1977), de Cabrujas, que marcó el regreso a RCTV del apreciado actor. Los bajos niveles de audiencia de esta producción serían recompensados ante el impacto que representó La Fiera (1978), con Doris Wells y Carlos Márquez.

El reencuentro entre Marina Baura y José Bardina al final
no resultó tan exitoso como en sus inicios.
Lucecita, por sí misma, también tuvo su propio recorrido triunfal: en 1968 la TV Argentina produjo una versión llamada Estrellita: Esa Pobre Campesina. En 1973 Venevision volvió a grabarla para poder exportarla, ya que la producción de 1967 no estaba apta técnicamente para salir al exterior. Esta fue protagonizada con éxito por Ada Riera y Humberto García, quienes tal como ocurrió con Marina y Bardina, conformaron una nueva pareja romántica y más adelante interpretaron La mujer Prohibida. A Ada le tocó revivir otro éxito de esa pareja, como lo fue La Señorita Elena, acompañada por José Luis Rodríguez.

En los setentas se hizo una radionovela en España, una versión en fotonovela y más adelante Lucecita también fue llevada al cine. En 1983 Venevisión produjo una versión bajo el titulo de Virginia, la cual no tenía el consentimiento de la autora y por la que demandó a la empresa. En 1987 fue llevada a la televisión argentina y se convirtió en otro éxito. De esta manera, Estrellita Mía tuvo a Andrea del Boca y a Ricardo Darín en los roles principales. Esta versión fue premiada en Miami y la adaptación la hizo la propia Delia Fiallo.

A principio de los noventas se produjo un nuevo remake en Colombia bajo el título de Lucerito y en 1998 se hizo la más reciente versión, esta vez en Perú, titulada Luz María, con Angie Cepeda, Christian Meier, Mariela Alcalá y Rosalinda Serfatty. Esta ha sido considerada de las más exitosas de este argumento.

José Bardina y Amelia Román, una pareja
ejemplar. Fuente: Las telenovelas d
José Bardina se retiró a finales de los 80 de las telenovelas, para dedicarse a sus negocios y atender la deteriorada salud de su esposa, Amelia Román. Al fallecer ella, regresó a la televisión en papeles de carácter, en telenovelas como Lejana como el viento (2002), Amor descarado (2003), Inocente de ti (2004), La Ley del Silencio (2005) y su último papel en Amor comprado (2007), la mayoría de ellas grabadas para Telemundo. Sus problemas de salud le obligaron a retirarse definitivamente de las cámaras y falleció el 18 de diciembre de 2009, rodeado del cariño de sus familiares y amigos más cercanos.

Marina renunció a RCTV en 1983. Su último trabajo en esa planta fue el de La hora menguada, dentro del ciclo dedicado a Rómulo Gallegos, en el cual compartía créditos protagónicos con su “rival” profesional, Doris Wells. Se adentraba en los cuarenta, edad crítica para una actriz de su jerarquía, cuyo reinado venía siendo amenazado por ascendentes estrellitas provenientes —la mayoría de ellas— de los concursos de belleza. Doris se había retirado y poco después falleció a muy temprana edad; Mayra Alejandra y Pierina España, las otras diosas del canal, aparecían cada vez menos en las pantallas. Nuevos tiempos se acercaban a la televisión venezolana.

Casada en segundas nupcias con Hernán Pérez Belisario, la actriz tuvo su tercera hija Mónica; participó en varios proyectos de la televisora independiente fundada por su marido, Marte TV, entre ellos la exitosa Emperatriz (1990), que la emparejó con su galán de otrora, Raúl Amundaray. Se divorció y se alejó nuevamente de la pantalla chica.


Escena de Emperatriz. Fuente: canal YouTube de Dimitrije Lukic

Eventualmente realizó radioteatros, hasta que en 2003 hizo el papel de Tentación Luján en Cosita  Rica (Venevisión). En 2006 participó en el unitario Soltera y sin compromiso (RCTV) y en 2008 volvió a las tablas para interpretar el monólogo de Gabriel García Márquez Diatriba de amor contra un hombre sentado, dirigida por Carlos Omobono.
Desde entonces se habló de una vuelta a los escenarios, de una posible representación teatral junto a Pierina España, de una obra producida por Nohely Arteaga, pero nada de eso se concretó.

En el siguiente resumen de la entrevista realizada por Leonardo Padrón para su serie Los Imposibles, Marina cuenta algunos aspectos de interés sobre su vida personal y artística:

Fuente: canal YouTube de Onda La Superestación.

Actualmente vive en su residencia en Caracas, llamada no casualmente Lucecita, rodeada de un bello jardín y de recuerdos familiares. Evita dar declaraciones a la prensa —«Ya no trabajo en la televisión, no tengo nada que decir», afirmó—y, eso sí, regularmente viaja a Estados Unidos de Norteamérica a visitar a su hija y a sus nietos. Es una vida apacible, totalmente alejada de las cámaras de TV, donde hace 50 años debutara como una “Lucecita".

viernes, 1 de septiembre de 2017

América Barrio: una actriz todo terreno

América Barrio conservó su belleza hasta la madurez.
Fuente: RCTV
Entre las caracterizaciones del comediante Henry Rodríguez en la inolvidable Radio Rochela, una de las más hilarantes era su remedo de la voz de la veterana actriz América Barrio. Era un timbre agudo, con quiebres tan característicos, que su sola escucha me hacía sonreír. No obstante, era una caricatura dolorosa, principalmente para alguien que se había hecho famosa por su delicada voz y esmerada pronunciación, una a la cual ella aplicaba los matices requeridos para hacer que sus personajes pudieran transmitir una amplia gama de emociones y dramatismo. Ese instrumento en cuya modulación ella había demostrado una fabulosa maestría.

América Barrio es una referencia importante en el medio artístico venezolano. Su amplia trayectoria en nuestro país incluye la radio, el cine, la televisión y el teatro, además de sus inicios como cantante de tangos y boleros, lo cual demuestra su increíble vocación de trabajo y fortaleza profesional. Este año se cumple el primer centenario de su nacimiento, por lo que recordarla se hace imperativo.

Nació en Santiago de Cuba el 11 de septiembre de 1917. Según Luis Caropreso Ponce (1), desde pequeña mostró inclinaciones artísticas y participaba en todos los actos culturales de su escuela. A los 12 años debutó como cantante en fiestas y obras benéficas. Ante su emergente talento, sus maestros la incentivaron para que desarrollara sus cualidades vocales con estudios de teoría y solfeo, los cuales ella realizó en el Conservatorio Musical de Cuba.

El actor y director Jorge Reyes.
Fuente: revista Encuadre 44-45, año 1993
Se intuía sus posibilidades como soprano, por la tesitura de su voz, pero lejos de desarrollar carrera en el canto lírico, al poco tiempo incursionó en programas musicales de una estación radial en su ciudad natal. Allí conoció a Juan Manuel Jorge Reyes—conocido como Jorge Reyes—, quien actuaba y dirigía radionovelas en vivo. La falta inesperada de una actriz en el elenco de una de esas producciones hizo que él le propusiera a América sustituirla, algo a lo que en principio rehusó, temerosa de fallar en esta actividad para la que no se consideraba estar preparada. Sin embargo, ante la insistencia de Reyes, terminó por aceptar. Ese fue su debut en la actuación y a partir de ese momento, América y Jorge trabajarían juntos en radio, teatro, cine y televisión.

Como actriz profesional, ella se presentaría en las principales estaciones radiales cubanas: la CMKO y la CMQ, de mayor proyección internacional. Luego integraría la compañía de Leopoldo Fernández, en la que era dama joven mientras que Jorge Reyes se desempeñaba como actor de carácter. Con esta compañía viajaría a varias ciudades del interior de su país de origen y luego haría giras por diferentes naciones latinoamericanas.

América Barrio a los 18 años.
Fuente: revista Encuadre 44-45, año 1993
Ricardo Tirado, en su libro Amores Públicos (2), señala que la joven cantante y actriz arribó a Caracas entre los años 1935 y 1940, procedente de La Habana como figura integrante de Fantasías Cubanas, una lujosa revista musical que incluía entre sus atracciones a Rita Montaner, la vedette Rosita Fornés, Armando Bianchi, René Cabel y la pareja conformada por América Barrio y el galán Otto Sirgo.

Según esta referencia, ellos cantaban hermosos boleros y emotivos tangos, entre los cuales América destacaba por su interpretación de María La O, de Ernesto Lecuona.  Permanecería durante varios meses en esta gira por diversas ciudades y pueblos venezolanos, pero supuestamente fue en Caracas donde alcanzaría un triunfo excepcional. “Se convertiría en estrella con espectáculo propio cuando una vez terminada su relación laboral con la empresa que la trajese al país, sus padres le exigieron casarse con su enamorado de siempre, el actor y empresario Jorge Reyes, quien le doblaba la edad. Se casaron en 1935 y permanecieron unidos por más de 38 años, hasta la muerte de él, procreando un hijo, quien estudió Medicina y alcanzó el doctorado”. (3)

América Barrio, toda una leyenda.
A juicio de Tirado, ya establecida en Caracas, América “se fue revelando como una actriz segura, de fácil naturalidad, de pulida y sólida expresión dramática que demostró en radioteatros y radionovelas”. (4)

Luis Caropreso Ponce, en su Historia del Cine Nacional (1909-1964), diverge un poco de esta versión y sitúa su llegada a tierras venezolanas en 1941, “oportunidad que aprovecha la pareja para cancelar su contrato (se refiere a la Compañía de Fernández) y residenciarse definitivamente en nuestro país, gratamente impresionados por el clima y el agradable ambiente de la Caracas de la época…América se fue aclimatando al diario vivir del venezolano, en medio de un ir y venir por los escenarios del teatro, la radio o los recintos acondicionados para el rodaje de nuestras películas” (5).

América Barrio y Carmen Rodríguez en Pobre hija mía, película de 1941.
Fuente: revista Encuadre 44-45, año 1993
Sea cual sea la fecha correcta de su arribo a Venezuela, lo cierto fue que en cuanto llegó al país, se incorporó rápidamente al movimiento de incipiente desarrollo de un cine criollo. A finales de 1941 participó en el melodrama Pobre Hija Mía, con guion y dirección de José Fernández, que llevaba en su elenco a Carmen Rodríguez, Miguel Arenas, Elena D'Orgaz y Domingo Hurtado. La producción estuvo a cargo de Cóndor Films y Venezuela Cinematográfica.
América Barrio y Antonio Bravo en Sangre en la playa
Fuente: revista Encuadre 44-45, año 1993.

En 1946 se unió al rodaje de Sangre en la playa, producida por Atlas Films de Venezuela e Internacional Films, bajo la dirección de Antonio Bravo, autor también del guion, seleccionador del elenco artístico y actor en la mencionada cinta. América actuó al lado de su esposo, Jorge Reyes, así como junto a la debutante Aurora Vargas, Carlos Flores, Roberto Hernández y el cantante-actor Héctor Monteverde.

Pese a que ambas películas recibieron críticas adversas, por sus fallas técnicas y otras deficiencias, el público nacional las apoyó con su asistencia. Las oportunidades siguieron apareciendo y en 1947 logró una actuación especial como ella misma en la comedia Rincón Criollo, de José María Galofré.

América en La balandra junto a Nestor Zavarce y Arturo de Córdova.
Fuente: revista Encuadre 44-45, año 1993.
Sin embargo, su gran oportunidad en la pantalla grande llegó en 1949 con La balandra Isabel llegó esta tarde, película dirigida por Carlos Hugo Christensen y producida por Bolívar Films. El guion —escrito por el mismo director— era una versión del cuento homónimo del reconocido escritor Guillermo Meneses, con diálogos a cargo del periodista y humorista, Aquiles Nazoa. Se utilizaron locaciones en Caracas, la Isla de Margarita, la costa de Barlovento y el barrio Muchinga de La Guaira. La banda sonora estuvo a cargo del compositor venezolano Eduardo Serrano.

América aparecía sexta en el orden de los créditos estelares de la película, antecedida por el mexicano Arturo de Córdova, las argentinas Virginia Luque y Juana Sujo —quien ya se encontraba radicada en Venezuela—, así como los venezolanos Tomás Henríquez y Néstor Zavarce, toda una revelación como actor infantil.

El personaje que le tocó interpretar fue Isabel, la esposa sumisa y enamorada de Segundo (Córdova), un marinero que vive entre dos amores: por un lado,  el reposado y puro que ella le ofrece; en el otro, el apasionado, arrebatador, de Esperanza (Luque), la amante que le espera en el puerto. Era un rol de heroína romántica que calzaba con su imagen, la que sufre por cuidar lo que para ella era más importante: la familia.

Fuente: canal Youtube de Ottoniel Parra

Fuente: revista Encuadre No. 46, enero/febrero, año 1994
La balandra… se estrenó el 24 de junio de 1950 en Caracas y el 5 de agosto de ese mismo año en Argentina (de donde era oriundo Christensen) e inmediatamente fue alabada por críticos y público. En Francia se estrenó en abril de 1951 durante el Festival de Cannes; allí recibió el premio a la Mejor Fotografía y desde entonces se convirtió en una obra de culto para los espectadores venezolanos.

1950 fue un año muy especial para la actriz, pues aparte del éxito en el séptimo arte, se transmitió por Radio Continente El Derecho de Nacer, una radionovela original de Félix B. Caignet que ya desde su estreno en Cuba se había convertido en un suceso sin precedentes. Caracas no sería la excepción y la versión local fue protagonizada por Luis Salazar como Albertico Limonta, mientras que América encarnó a Isabel Cristina, “personaje que ella desarrolló con tan convincentes tonalidades dramáticas que, aunado a la suave y tierna vocalización, arrancaron lágrimas a los oyentes de entonces”(6) 

América Barrio, Luis Guillermo Villegas Blanco, Luis María Poleo
Néstor Zavarce y Susana Guízar en el estreno de Amanecer a la vida.
Fuente: revista Encuadre No. 59, enero/marzo, año 1996. 
El Derecho de Nacer se transmitió de lunes a viernes en horario de seis de la tarde y era producida en vivo, pues todavía no se grababan los capítulos. Por eso, los protagonistas eran esperados con gran entusiasmo por los radioescuchas a las puertas de la emisora y les recibían con aplausos muy efusivos para ella, Salazar, Rafael Guinand, Olga Castillo, Rosita Flores y Lolita Lázaro, a quien la policía debía proteger “por ser considerada una mujer ‘mala’, como madre de la sacrificada heroína metida a monja”. (7) Para América, “ninguna novela realizada en Venezuela tuvo tanto éxito como El Derecho de Nacer. Creo que en Cuba ha sido lo mismo”(8)

No obstante, esta actriz también destacó en la versión novelada de la melodía La vida de las canciones, de Alberto López Ruíz, así como en el ciclo de novelas de Radio Caracas Radio. Allí presentaría Pecado Mortal, junto a Josefina Hernández y Héctor Hernández Vera, con América como madre de la protagonista.

Era la época de oro de la radio en nuestro país y ella intervendría en cientos de radionovelas y radioteatros. En Radio Rumbos actuaría en Lo que los padres olvidan, de Inés Rodena; Estrellita, de César Leante; y en una nueva versión de La vida de las canciones. En esa época, las exclusividades las pagaban las empresas publicitarias a cada programa, lo que permitía a los intérpretes trabajar en varias estaciones al mismo tiempo.

América Barrio Amador Bendayán y Héctor Monteverde
en Seis meses de vida. Fuente: revista Encuadre No. 59,
 enero/marzo, año 1996.
En 1951, América regresó al cine para actuar junto a Amador Bendayán en Seis meses de vida, dirigida y actuada por Víctor Urruchúa, de la cual actualmente no existen copias en celuloide —como le ha ocurrido a muchos de los filmes venezolanos—. Allí interpretó a una vampiresa que intentaba atrapar a Amador de manera fallida. Esta vez los críticos de la época descalificaron los méritos de la película por haber malgastado las posibilidades de desarrollar una mejor realización cinematográfica en momentos cuando Bolívar Films se encontraba bien cimentada.

La llegada de la televisión al país fue todo un suceso y en 1953, Radio Caracas Televisión inició sus operaciones. América se incorporó al elenco pionero de esa planta, de la cual formó parte hasta su jubilación a mediados de los años 90. Nunca participó en otras televisoras, a pesar de que las ofertas de la competencia nunca cesaron, por lo cual su lealtad a RCTV es equiparable a la de Amalia Pérez Díaz, Tomás Henríquez y Carlos Márquez.

América Barrio en RCTV, año 1957.
Fuente: revista Encuadre, No. 44-45, año 1993
En ese año América participó como acompañante en el programa Week-End con las Estrellas: Programa de entrevistas, producido y presentado por Rodolfo “Big Ben” Wellis. En este espacio, grandes figuras de la canción respondían las interrogantes hechas por el conductor, haciendo de dicha revista musical un lugar importante dentro de la programación del nuevo canal. Allí también participaron Alfredo Sadel, Carlos Fernández, Luis Salazar, Ana Teresa Guinand,  Néstor Zavarce y Héctor Monteverde.

En una entrevista realizada en 1997(9) por el historiador cubano Adalberto Afonso Fernández, América recordaba que todas las novelas de la radio y la TV en nuestra país tenían mucha influencia de las radionovelas cubanas. “Se compraban los libretos en Cuba y había personas que las adaptaban para la radio y, años después, para la televisión. Telenovelas verdaderamente originales, solo de unos añitos para acá, con Cabrujas, Verdial y algunos otros más que son muy buenos autores”.

América Barrio y Héctor Hernández Vera en el teleteatro
El Fantasma del Camino. Fuente: RCTV
Cuando comenzaron las telenovelas, algunos capítulos duraban quince minutos, cuando más, media hora. Y no eran tantos, como en estos tiempos. En 1964, Radio Caracas Televisión comenzó a transmitir la obra Historia de tres hermanas, de la escritora cubana Mercedes Antón. Se transmitía una vez a la semana…con una hora de duración. Por primera vez los capítulos se alargaban tanto. Actuaban Eva Moreno, Eva Blanco y Doris Wells. Eran mis hijastras, porque yo estaba casada con el papá de ellas (en la trama).

Amores de juventud, telenovela transmitida en 1967 por RCTV.
En la gráfica Edmundo Arias,  Doris Wells, América Barrio
 y Raquel Castaños. Fuente: RCTV
Junto a la radio y la televisión, hizo varias temporadas musicales representando operetas, entre ellas La Viuda alegre, con dirección y producción de George Stone y Pepita Embil, madre de Plácido Domingo; así como Gigi, encarnando a la frívola y elegante tía de la protagonista. En teatro hizo Conociendo a Bertold Brecht (1957), al año de la muerte de este importante dramaturgo alemán; Madre coraje, del mismo autor, dirigida por César Henríquez; así como El abanico de Lady Windermere (1965), versión del clásico de Oscar Wilde, en el rol de Lady Erlynne, con la producción y dirección del argentino José María Fernández Unsaín.

En 1958 regresó al cine junto a Amador Bendayán en Yo y las mujeres (de Giusseppe Scotese). No retornaría a los estudios de rodaje hasta 1972, cuando interpretó un pequeño papel en Bárbara, coproducción venezolana-mexicana, dirigida por Julián Soler y producida por Mauricio Wallerstein. Esta era una versión de la novela del mismo nombre protagonizada por Hilda Aguirre y Edmundo Arias, transmitida por RCTV en 1971.
América y Amalia Pérez Díaz en Sacrificio de Mujer (1972). La
fecha de la captura e pantalla está errada.
A partir de la década de los 70, su actividad artística se concentró principalmente en la televisión. Participaría en unas 50 telenovelas, entre las cuales figuran Cristina (1970), La Usurpadora (1971), Sacrificio de Mujer (1972), La italianita (1973), Raquel (1973), Orgullo (1974), Alejandra (1975) y Carolina (1976). En La Fiera (1978) fue la primera dama del pueblo donde se desarrollaba la trama, pues era la esposa del jefe civil (Domingo del Castillo) y madre de la caprichosa Elena Fajardo (Cecilia Villarreal).

América Barrio en los años 70.
Fuente: RCTV
En la década de los 80 sus roles secundarios se alternarían como nana, madre o abuela de alguno de los protagonistas. Eventualmente interpretaría villanas, pero su fuerte eran damas de alta sociedad o de clase media, fieles consejeras y/o “paño de lágrimas”, caracterizadas por su dulzura y sometidas a algún sufrimiento emocional.  Por ejemplo, en  Estefanía (1980) su papel fue el de María Gracia, esposa de Genaro Cataldo (Julio Jung) y madre de Silvana (María Conchita Alonso). Allí moría al golpear su cabeza contra el filo de una acera al ser empujada por un esbirro de la Seguridad Nacional cuando trataba de impedir que se llevaran detenida a su hija.

Se convirtió en la nana de Mayra Alejandra en El esposo de Anaís (1980); madre de Jean Carlos Simancas (Mario) en Luz Marina (1981). También intervino en Luisana mía (1981), Jugando a vivir (1982) y Bienvenida, Esperanza (1982), todas protagonizadas por Mayra Alejandra. En 1982, participó en la enésima versión de El Derecho de Nacer, titulada De su misma sangre, en la cual como una curiosidad se trastocaban los papeles principales: el hijo marginado ya no era un hombre sino una mujer (Tatiana Capote).

En esta etapa avanzada de su vida personal y de su carrera, América era una figura constante como actriz de carácter dentro de los elencos de las telenovelas de RCTV, como Leonela (1983); Acusada (1984); Cristal (1985), donde fue la madre de Marion (Marita Capote); Abigaíl (1988); Selva María (1988); Anabel (1990) y Por estas calles (1992). También hizo los teleteatros Quién yace en su tumba (1980), La Virgen de Coromoto (1982) y la miniserie Pobre Negro (1989).

Fuente: canal YouTube Póngalo

Jose Manuel Pozo, America Barrio, Maria Hinojosa
y Javier Vidal en la cinta Más allá del silencio. Fuente: revista Encuadre No. 44-45, año 1993
Todavía tuvo tiempo para hacer una breve aparición en el cine, en la que sería su última película: Más allá del silencio (1985), de César Bolívar, con Jean Carlos Simancas, Javier Vidal, Julie Restifo, Luis Rivas, José Manuel Pozo y Doris Wells.

Al jubilarse no se retiró del todo y aceptó papeles muy específicos, como en la novela Cambio de piel (1998), una nueva versión de La dama de rosa, protagonizada por Coraima Torres y Eduardo Serrano. También ese año participó en el episodio Desde el pasado, de la serie española Brigada Central, rodada en nuestro país por Pedro Masó.

América en una foto autografiada para
Pedro Herrera, colaborador de la revista
Encuadre en la década de los 80.
Con una trayectoria abundante en reconocimientos, en el año 2000 la Casa del Artista le entregó el premio El Árbol de la Vida por sus 60 años de vida artística, en lo que sería la última edición de ese galardón.

Por esas fechas le diría a Ricardo Tirado (10)“Lo más importante en la vida de una actriz es hacer vibrar, tocar la fibra sensible del que te mire actuando…y en la vida de la mujer, sentirse madre”. Ambos roles los ejerció con distinción.

Ya para ese momento, América Barrio contaba con más de 80 años, pero ante la pregunta de qué le pedía a la vida, su respuesta conmueve por su sinceridad: “Que me permita llegar a vieja…tengo esperanza de llegar a serlo”.

Falleció casi un mes después de cumplir los 84 años de edad, el 5 de octubre de 2001 en Caracas, una ciudad que hizo suya, donde desarrolló una de las más intensas y atractivas carreras profesionales de nuestro medio artístico. Isabel había llegado a puerto seguro.


Fuentes consultadas:

(1) Caropreso Ponce, L. (1993). Breve historia del cine nacional (1909-1964). Revista Encuadre No. 44-45, septiembre/diciembre 1993. CONAC, Caracas.
(2) Tirado, R. (2004). Amores Públicos. Fundación para la Cultura Urbana, No.22. Econoinvest, Caracas
(3) Tirado, R. Op cit.
(4) Ídem.
(5) Caropreso Ponce, L. Op cit.
(6) Ídem.
(7) Ibidem.
(8) Afonso Fernández, A. (2012). Mis investigaciones…y algo más. Obras completas, volumen 3. Palibrio, Estados Unidos de Norteamérica. 
(9) Ídem.
(10) Tirado, R. Op cit.

jueves, 24 de agosto de 2017

“Culebrones” de inspiración literaria

¿Es una telenovela mejor que otra porque tenga como origen un clásico de la literatura? Hay quienes piensan que sí, otros discrepan totalmente de ese aserto. Por ejemplo, Ibsen Martínez, escritor y guionista de telenovelas tan exitosas como Por estas calles, quien afirmó: «El que una telenovela se base en una obra literaria de valía no le otorga un cariz cultural más elevado. Es una telenovela y punto».

José Ignacio Cabrujas
No obstante, José Ignacio Cabrujas, autor de importantes producciones dramáticas venezolanas, tanto en teatro, cine y televisión, aseguraba en una conversación sostenida con el periodista Nelson Hippolite (1): «Los que hemos escrito telenovelas a lo largo de ese escribir, nos hemos dado cuenta de algo: la telenovela existe como un género con unas características. El problema no está en alterar el género a fin de negarlo, sino en encontrar dentro de él su propio rescate, su propia trascendencia e importancia que lo catapulte como un gran género…».

Liliana Durán y Alberto Arvelo en
La Fierecilla Domada, de Shakespeare.
Fuente: Libro 25 años de RCTV
Por ello, a él le molestaba cuando se planteaba recurrir a los clásicos literarios como una manera de “elevar” el nivel cultural de su audiencia: «Tú hablas con Antonio Pasquali, y te dice: 'es bueno mejorar la telenovela para que la gente pueda ver a Ionesco'. Eso me lo dijo a mí, en mi cara; es decir, que la meta cultural de Antonio Pasquali es que la gente vea a Ionesco, por lo tanto, mejora tu podredumbre para que le des un escaloncito a esto, porque cuando tú ves a Ionesco, te salvaste en la vida, te rescataste. Es el eterno problema de considerar que Beethoven es mejor compositor que Tite Curét Alonso. No, coño, no. Raúl Amundaray me comentaba, hablándome de un actor: 'él es muy bueno en su género'. Yo escribí la misma frase: Beethoven es muy bueno en su género. Tite Curét es muy bueno en su género. ¿Y por qué los dos no pueden convivir?». He ahí el dilema.

Los clásicos de la literatura universal marcaron el nacimiento de la televisión venezolana. Tal como lo afirma Roldán Esteva Grillet, en Política y Poética del Rating (Encuadre, 1992), "así como en el cine venezolano se dieron con adaptaciones literarias (verbi gratia: La balandra Isabel llegó esta tarde) la televisión buscó eventualmente servir de traductora para las masas de ciertas obras cimeras: Televisa transmitió en 1958 una adaptación de Doña Bárbara, con la cantante folklórica Adilia Castillo de protagonista.

Hilda Vera y Luis Salazar en El Águila de dos
cabezas
. Fuente: Libro 25 años de RCTV
Poco a poco este incipiente medio incorporó y desarrolló un lenguaje propio para la pantalla chica que permitió adaptar estas producciones literarias y divulgarlas a un público mucho mayor. Espacios dramáticos pioneros como Anecdotario, Ciclorama, Teatro del Lunes, entre otros, eran nutridos con versiones más o menos libres de autores como William Shakespeare, Leon Tolstoi, Alejandro Dumas y Charles Dickens, entre otros. 

En los años 50 fueron transmitidos en vivo, en capítulos de 15 minutos de duración, adaptaciones de Historia de dos ciudades, de Dickens, con Hilda Vera y Luis Salazar; El Águila de dos cabezas, de Jean Cocteau, con la misma pareja; e Ifigenia, de Teresa de la Parra, con Peggy Walker, todas por Radio Caracas Televisión (RCTV). 

Carlota Ureta Zamorano y  Peggy Walker
en IfigeniaFuente: Libro 25 años de RCTV
Una década más tarde, esta fuente siguió nutriendo la televisión nacional, aunque ya se vislumbraban nuevas tendencias, como el desarrollo de historias originales o versiones de radionovelas, tan populares en esa época. Por ejemplo, Anna Karenina tendría a Amelia Román y a Jorge Félix como los infortunados amantes de Tolstoi en Venevisión y se transmitía una nueva adaptación de Ifigenia, esta vez con Conchita Obach. Sin embargo, también triunfaban en RCTV producciones como El Derecho de Nacer, adaptación del melodrama radial cubano de Félix B. Caignet, que protagonizaba la misma Obach junto al galán Raúl Amundaray.

A mediados de los años 70, para sortear los lineamientos gubernamentales que restringían la transmisión de telenovelas tanto en horarios como en temáticas, las televisoras nacionales decidieron apelar a una fórmula que conocían desde sus inicios y volvieron sus ojos a las adaptaciones de clásicos literarios como una manera de “elevar” el nivel cultural de estas producciones.


Así, RCTV produjo varias telenovelas y miniseries inspiradas en la literatura venezolana. Rómulo Gallegos fue uno de los autores más favorecidos en la difusión de su obra, aunque ya varias novelas del maestro habían sido producidas por Televisa (antecesora de Venevisión) y transmitidas en vivo en capítulos de un cuarto de hora durante los años 50. En aquella época, como ya se mencionó, Adilia Castillo interpretó a Doña Bárbara (1958); Oscar Martínez protagonizó Cantaclaro; y Olga Henríquez y Américo Montero, La Trepadora.

En el nuevo ciclo galleguiano de los 70, Marina Baura dio un giro a su carrera, cimentada en la telenovela rosa con títulos como Lucecita y La usurpadora, para encarnar a la “Devoradora del llano” Doña Bárbara (1974), con Elio Rubens  como Santos Luzardo; Marisela Berti, como Marisela; Rafael Briceño, Lorenzo Barquero; Carlos Márquez, Balbino Paiva; Guillermo González, el bachiller Mujiquita; y Enrique Benshimol, Míster Danger. 



Esta versión fue muy elogiada y replanteó la temática de los dramáticos televisivos, algo que ya se había asomado en 1974, cuando RCTV produjo Boves el Urogallo, de Francisco Herrera Luque, una historia que muchos vaticinaron como un error por su costosa y difícil adaptación a la pantalla chica, pero que demostró ser un éxito enorme de crítica y público para Gustavo Rodríguez en el rol protagónico. Así que el éxito de Doña Bárbara permitió seguir recorriendo ese camino y abrió el paso a lo que luego se llamaría como la “telenovela cultural”, un término ambiguo en su planteamiento, aunque evidencia el concepto de cultura que se ha manejado dentro de las televisoras nacionales.

Mahuampi Acosta, Hilda Vera, Gustavo Rodríguez, Doris Wells, Oscar
Martínez y Martha Olivo en La Trepadora. Fuente: RCTV
Por su parte, Doris Wells, la eterna inconforme de nuestra pantalla local, enfrentó en varias oportunidades las heroínas galleguianas. En 1975 dio vida a Victoria Guanipa y acompañada de Oscar Martínez, Hilda Vera y Gustavo Rodríguez encabezó una nueva versión de La Trepadora

De esta producción Luis Barrera Linares, especialista en la obra de Gallegos, destacó las actuaciones de Rodríguez y Wells, por “su modo de hacer unos personajes…realmente convincentes; no estoy seguro de que pueda ser superada por unos actores menos profesionales”.


Marina Baura y Miguelángel Landa en
Canaima.  Fuente: RCTV/El Nacional
Doris reincidiría con Gallegos: en dupla con Miguelángel Landa asumieron la gran responsabilidad de llevar el doble rol protagonista en Pobre Negro (1975-76), con los personajes de Luisana Alcorta / Ana Julia Alcorta ella y Negro Malo / Pedro Miguel Candelas él. Ese mismo año Marina Baura, Marisela Berti y Landa se reunirían en Canaima (1976), producción que contó con un presupuesto total de tres millones de bolívares, un récord para la época; y para cerrar este ciclo, RCTV transmitiría Sobre la misma tierra (1977), con Alberto Marín y Marina Baura, en el doble rol de Cantaralia y Remota Montiel. Esta versión fue de todas la menos exitosa.




. Capítulo de la telenovela Pobre Negro. Fuente: canal YouTube Mas TV
Miguelángel y Doris: dos campeones de
la actuación. Fuente: RCTV
Gallegos no fue el único autor venezolano a quien recurrieron los libretistas de esa planta: de Guillermo Meneses se llevó a la televisión La Balandra Isabel llegó esta tarde (1976) con Marina Baura como Esperanza y Miguelángel Landa como el navegante Segundo Mendoza, recreando una historia que ya había sido llevada al cine con extraordinario éxito en 1950, con Arturo de Córdoba y Virginia Luque. El elenco incluía a Marisela Berti como Isabel, la esposa; al niño Otto Rodríguez, a María Teresa Acosta como la loca María y a Rafael Cabrera como el brujo Bocú. Lamentablemente, la versión televisiva no contó con el respaldo de público que se hubiese esperado de una pareja y elenco tan prometedores, algo que sí ocurrió con Campeones, también de Meneses adaptado por Cabrujas (RCTV, 1976), en la cual la frescura y naturalidad de los personajes interpretados por Doris Wells y Miguelángel Landa cautivaron a la audiencia. 

En esto de la inspiración literaria, Cabrujas no  era el único. En 2006, el escritor zuliano Julio César Mármol confesaba: «Muchas de mis novelas han surgido del pasado; por ejemplo, en El Desprecio, yo me inspiré en Claudio, el emperador romano y en esa figura yo me basé para esa telenovela» (diario Panorama, 22/03/2006, p.3-12). Mármol aseguraba en esa entrevista que se consideraba un historiador frustrado «…y es que desde niño fue mi gran pasión. En una oportunidad una amiga me confirmó que la mujer andina le enseña a sus hijos la pasión por el poder».

La Fiera (1978), que según la tradición tenía como punto de partida Los Hermanos Karamazov, de Leon Tolstoi, en realidad nació de una confrontación familiar zuliana: «Yo llego a esa historia de la mano de José Ignacio Cabrujas porque él tenía en mente la situación de los Semprún y los Meleán, dos familias por todos conocidas que se estaban matando en Maracaibo y Santa Bárbara, al punto de que se habló de muerte de niños en sus cunas. Nadie podía con ese odio y esa barbarie. José Ignacio y yo escribimos juntos al principio, pero por percances personales, él me designó como el escritor de lo que hoy conocemos como La Fiera».

Algunas escenas de La Fiera. Fuente: canal YouTube de Globovisión

Raúl y Mayra en
Piel de Zapa.
En el imperio de las adaptaciones, no todo lo que brillaba era oro. Uno podría encontrarse desde versiones libres (¡muy libres!) como Resurrección (Rctv, 1977) de León Tolstoi, con libretos de Manuel Muñoz Ricos y Ligia Lezama,en los que Marina Baura y Raúl Amundaray daban la cara en una trama bastante distorsionada de la original; a otros más convincentes. Podemos citar en ese renglón a Tormento (1977), de Benito Pérez Galdós, adaptada por José Ignacio Cabrujas y dirigida por Román Chalbaud, con Mayra Alejandra, José Luis Rodríguez y Jean Carlos Simancas;  y a Piel de Zapa (1978), de Honorato de Balzac, adaptada por Salvador Garmendia, con Mayra Alejandra, Pierina España y Raúl Amundaray.


William Moreno, Yolanda Muñoz y el maquillador Carmelo en una de las escenas
que causó mayor revuelo de Resurreción. Fuente: captura de pantalla.


Jean Carlos Simancas, Pierina España y José Luis Rodríguez en
Sangre Azul. Fuente: Apuntes.TV
Sangre Azul (1979), surgida de la pluma de Mármol, tuvo como referencia Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, mientras que Panchito y Arturo (1981) estuvo basada en El Príncipe y el Mendigo, de Mark Twain, protagonizada por Amílcar Rivero en un doble rol. 


Las novelas de Venevisión de esa época también son un compendio de aciertos y estruendosos fracasos: Cumbres Borrascosas (1976) se inspiraba en la novela homónima de Emily Brönte, adaptada por Delia Fiallo, con una debutante Elluz Peraza en el rol de Catherine, acompañada por José Bardina como Heatcliff; Laura y Virginia (1977) se nutría del argumento de La Fábrica, adaptada por Enrique Jarnés y Delia Fiallo para lucimiento de Alejandra Pinedo, Eduardo Serrano y Mary Soliani; Balumba (1976-1977) tomaba la obra homónima de Juan Filloy, con Elluz Peraza, José Bardina y Marianela Salazar; Zárate recreaba la novela de Eduardo Blanco, con Adita Riera y Eduardo Serrano; y Los Poseídos (1975), la obra teatral Las Brujas de Salem de Arthur Miller. 


                                       Promoción de Cumbres Borrascosas. Fuente: canal YouTube de Mas TV

Lupita Ferrer y Eduardo Serrano en La
Guaricha. Fuente:
Eduardo Serrano y Ada Riera alcanzaron buena receptividad en El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, mientras que La Guaricha resultó de una adaptación de la novela del mismo nombre del escritor monaguense Julián Padrón. Enrique Jarnés fue quien hizo el trabajo de llevarla a la televisión y contó con la protagonización de Eduardo Serrano y Lupita Ferrer. A su lado estuvieron José Torres, Luis Gerardo Tovar, Betty Ruth, Orlando Urdaneta, Mirtha Pérez, Francia Ortiz y Fernando Flores. La trama se desarrolló en la transición del gobierno de Cipriano Castro a la dictadura de Gómez y mostraba la vida de la gente de campo. Fue dirigida y producida por José Antonio Ferrara y los exteriores se grabaron en la hacienda "Tarapío", cerca de Valencia, estado Carabobo.

De esa época es también una de las muchas versiones de Marianela, de Benito Pérez Galdós, con Alejandra Pinedo, Eduardo Serrano y Herminia Martínez en los papeles principales.


El Retrato de Dorian Gray. Fuente: canal YouTube de Dimitrije Lukic

Los teleteatros transmitidos en Gran Viernes fueron muy prolíficos en cuanto a adaptaciones. En ese sentido, pueden citarse Pablo y Virginia, con Alejandra Pinedo y Orlando Urdaneta; El Ángel Azul, insólita versión (sobre todo si imaginamos las delgadas piernas de la que sería su protagonistabasada en la novela de Heinrich Mann (Professor Unrat), con la Miss Venezuela 1974, Neyla Moronta en el papel que hizo de Marlene Dietrich una leyenda; La Malquerida, de Jacinto Benavente, con Luis Gerardo Tovar, Herminia Martínez y Amelia Román; Manon Lescaut, del abate Prevost, con Lupita Ferrer y José Bardina; El Jorobado de Nuestra Señora de París, con Martín Lantigua y Ada Riera; Los árboles mueren de pie, de Alejandro Casona, con América Alonso, Ada Riera y Héctor Myerston;  La dama de las Camelias, de Alejandro Dumas, con Lupita Ferrer y Luis Abreu; así como  Lisístrata, de Aristofanes, con Lupita, Chelo Rodríguez, Herminia Martínez y Caridad Canelón, entre muchos otros.

Lupita Ferrer, Chelo Rodríguez, Caridad Canelón y Herminia Martinez en una versión moderna de Lisístrata.
Fuente: Venevisión.


Eduardo Serrano, Juan Frankis, José Torres y Omar Omaña en una miniserie transmitida por
Venevisión inspirada en Los Tres Mosqueteros (1976), de Alejandro Dumas.
Amanda Gutiérrez destacó en
su rol de Ifigenia (1979). Fuente:
Diario 2001.
Venezolana de Televisión (VTV) del mismo modo hizo su aporte en versionar clásicos venezolanos y universales: Migajas (1977) fue una adaptación de la novela de Pedro Berroeta, con Hilda Carrero, Oscar Martínez y la exmiss Rosario Val, en su debut y despedida como protagonista; Ídolos Rotos (1978), de Manuel Díaz Rodríguez, contó con Altagracia Sarmiento y Daniel Alvarado; Eugenia Grandet (1978) de Honorato de Balzac, llevó como pareja protagonista a Alejandra Pinedo y Daniel Alvarado; Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen, repitió con Alejandra Pinedo, esta vez acompañada por Leopoldo Regnault; Ana Isabel, una Niña Decente, de Antonia Palacios, estuvo interpretada por Rebeca González;  Ifigenia (1979), de Teresa de la Parra, fue llevada nuevamente a la pequeña pantalla con gran éxito por Amanda Gutiérrez y Leopoldo Regnault; mientras que Los Habitantes (1979), la obra urbana de Salvador Garmendia, fue interpretada por Mary Soliani y Leopoldo Regnault.



Federico Gattorno interpreta el vals Kiki, tema musical de Ifigenia. Fuente: canal YouTube de Federico Gattorno

Lupita Ferrer y Daniel Alvarado en Doña Perfecta.
Fuente: richmansite.wordpress
A mediados de los 80, Lupita Ferrer regresó triunfante a la televisión venezolana gracias a las gestiones de Ricardo Tirado y protagonizó Doña Perfecta (VTV, 1985), de Benito Pérez Galdós, con Estelin Betancur y Daniel Alvarado. 

Alejada de su imagen edulcorada y en una historia recreada en la zona colonial de Coro, que adoptó el simbólico nombre de Aramil, Lupita sumó adeptos y preparó el camino para las mujeres “duras” que interpretaría posteriormente en la televisión nacional e internacional. 

La Casa de los Ábila (1980), de José Rafael Pocaterra, fue adaptada por José Gabriel Núñez, con Judith Castillo y Luis Abreu; El Hombre de Hierro (1985), con Rebeca González y Javier Vidal, fue una excelente versión de la obra de Rufino Blanco Fombona que lamentablemente no contó con el respaldo del público, mientras que Tirano Banderas (1979), de Ramón del Valle Inclán, dio una nueva oportunidad de brillo a un maduro Orángel Delfín, ya en su declive profesional y personal, como Tigre Juan.


La Dueña, uno de los clásicos melodramas de los 80 transmitido por VTV, tuvo su origen en El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, mientras que La Dama de las Camelias, también de Dumas, reunió a Amanda Gutiérrez y a Ángel Acosta en 1981. La Cenicienta, el cuento infantil de Charles Perrault, devino en una hilarante y tierna telenovela escrita por Mariela Romero en 1979, con Elluz Peraza y el actor mexicano Carlos Piñar.



La Dueña. Fuente: canal YouTube de Alejandro Lucena

Héctor Myerston, un conde Drácula de cuidado.
En cuestión de miniseries, El Rehén del Diablo (Venevisión, 1982) estaba basada en la película El Exorcista, con historia de Petter Blatty y tenía a Mary Soliani como la joven poseída por el demonio, mientras el sacerdote encarnado por Eduardo Serrano luchaba por liberarla de sus demonios. 

Drácula (Venevisión, 1979), se inspiraba en la novela de Bram Stoker y en la película del mismo nombre para ofrecer a Héctor Myerston como el vampiro sediento de sangre enamorado de Helena Farías. La versión cómica de este personaje estuvo a cargo de Martín Lantigua, Cristina Reyes y Joselo. El mito vampírico sería retomado por RCTV en El visitante de la noche (1985), con Raúl Amundaray, Elba Escobar, Julie Restifo y Haydeé Balza.

En 1980, Pilar Romero y Fausto Verdial  actualizaron el clásico de Shakespeare  Romeo y Julieta y trasladaron esta tragedia a los populosos edificios del 23 de Enero, en Caracas, en Drama de Amor en el Bloque Seis.

Entre agosto y noviembre de 1984, RCTV mostró el Ciclo de Oro de Rómulo Gallegos, en el cual adaptó 20 cuentos del escritor venezolano, contando para ello con el trabajo de reconocidos escritores como Alicia Freilich, Salvador Garmendia, José Gabriel Núñez, Laura Antillano, Gustavo Michelena, Sonia Chocrón, Carlos Sicilia y Manuel Manzano. Entre los cuentos se encontraban Paz en las alturas, El milagro del año, El análisis, El paréntesis, Estrellas sobre el barranco, El aprendiz de loco, Los Mengánez, así como las muy celebradas Los inmigrantes, con Henry Zakka y Carlos Cámara; y La hora menguada, con Marina Baura y Doris Wells, ambas en estado de gracia.



La hora menguada, con Doris Wells y Marina Baura. Fuente: canal YouTube de Argenis Padilla


Los inmigrantes, con Carlos Cámara y Henry Zakka. Fuente: canal YouTube de Argenis Padilla

Todavía a finales del siglo XX, Gallegos tenía poder de convocatoria: en 1988, Pobre Negro volvería a las pantallas de RCTV protagonizada por Franklin Virgüez, Marlene Maseda y Abby Raymond, en una nueva adaptación a cargo de Gustavo Michelena. 



Pobre negro, versión de 1988. Fuente: canal YouTube de Póngalo


Por otra parte, Mujercitas, de Louise May Alcott, fue llevada a la televisión y adaptada por el escritor César Sierra, quien trasladó el argumento original a la Venezuela de 1859, cuando el país estaba dividido entre Conservadores y Liberales y se vivían los difíciles tiempos de la Guerra Federal. Estuvo protagonizada por Daniela Alvarado y Adrián Delgado, con las participaciones antagónicas de Eduardo Serrano, Lourdes Martínez y Javier Valcárcel. Contaba además con las actuaciones de los primeros actores Chelo Rodríguez, Juan Manuel Montesinos y Esther Orjuela.


Ibsen Martínez. 
A pesar de toda esta épica en cuanto a adaptaciones dramáticas, no falta quienes aún perciben un mal de sabor de boca cuando la televisión decidió volver a la novela rosa, tan pronto como los números de audiencia dejaron de estar a su favor. Para Ibsen Martínez, «la llamada telenovela cultural fue un fraude. Formó parte deliberada de una operación que un canal desplegó para desbancar a otro de la lucha del rating. Cuando dejó de tener éxito, Hernán Pérez Belisario (ex ejecutivo de RCTV) contrató a la mismísima Delia Fiallo y nos puso a adaptar sus viejos libretos cubanos».

Otros, como Cabrujas, paradójicamente reiteraron su convicción acerca de la necesidad  de respetar el lenguaje propio de este género: «La telenovela no se puede salvar por el realismo, la telenovela se puede salvar y se puede engrandecer y dignificar y llegar a extremos extraordinarios, a mi criterio, por Shakespeare, por Sófocles, por los griegos, no por el realismo».
Marina y Miguelángel en Canaima. Fuente:
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A su juicio, «una telenovela sirve para lo que puede servir cualquier obra de carácter literario: para provocar la imagen que tiene el ser humano de sí mismo; una sociedad de sí misma» y en la escala de valores de esa sociedad, el amor perdurará como tema central del género:

- El hombre tiene unas características muy raras como lector a través de toda la cultura humana de Occidente: las únicas historias populares de la gran literatura son historias de amor; en realidad, no se ha escrito nada que le haya importado a  la gente, me refiero a la gran literatura, que no sea una historia de amor […] Para los hombres todo lo que es largo tiene que ser amor. La Ilíada es de amor y la Odisea mucho más. Esos “chorizos” que los hombres han creado –obras monumentales– son, en realidad, historias de amor. Parece mentira, pero no hay otra cosa que obligue a una persona a ver una cosa todos los días, durante diez meses y doscientas horas de su vida.



________________________________________

Fuentes consultadas:

(1) Hippolyte Ortega, Nelson (2010). José Ignacio Cabrujas: "La muerte de la telenovela". Portal Prodavinci

Esteva-Grillet, Roldán. (1992). Política y Poética del Rating. Separata de la revista Encuadre, No. 10, enero/febrero 1992.