viernes, 20 de diciembre de 2013

Eran otros tiempos...

Fuente: Blog Cabimas y la Costa
Oriental del Lago
La primera Navidad que me llevaron al "taladro" iluminado al lado del edificio Principal de Creole, en La Salina, fue a principios de los años 70. Claro, a lo mejor ocurrió antes, pero esa es la que recuerdo de manera más nítida. Todavía el área de estacionamiento no estaba asfaltada, ni habían colocado la cerca de alambre de ciclón. Al acercarme a la enorme estructura, pude escuchar el sonido de los cambios de luces (tac tac), mientras una música navideña se escuchaba de fondo. En mi emoción, me bajé del carro corriendo y tropecé con una piedra. La tierra ensució el pantaloncito de estreno, pero no la alegría y el entusiasmo que la escena me provocaba.

martes, 10 de diciembre de 2013

Ellos antes de ser estrellas

Les faltaba madurez, arrugas, experiencia...carácter, en pocas palabras. 

Algunos eran mucho más buenmozos, pero anodinos. A otros, los años les agregaron mayor apostura que la que lucían en su juventud... y mayores posibilidades de mostrar sus dotes artísticas. 

No faltaba quienes debieron ocultar algún defecto físico, pero una vez subsanado el "error" de la naturaleza, las puertas del éxito se abrieron para ellos. En todo caso, solo es un recordatorio de que para los hombres, a diferencia de las mujeres, en el mundo del espectáculo los años valen...y mucho.

Bela Lugosi
(Béla Ferenc Dezso Blaskó)
1882 - 1956
Cary Grant
(Archibald Alexander Leach)
1904 - 1986
Ray Milland
(Reginald Alfred Tuscott Jones)
1907 - 1986
John Wayne
(Marion Robert Morrison)
1907 - 1979
Burgess Meredith
(Oliver Burgess Meredith)
1907 - 1997)
Vincent Price
(Vincent Leonard Price, Jr.)
1911 - 1993
Tyrone Power
(Tyrone Edmund Power Jr.)
1914 - 1958

William Holden
(William Franklin Beedle Jr.)
1918 - 1981
Yull Brynner
(Yuli Borisovich Brynner)
1920 - 1985
Marlon Brando
(Marlon Brando, Jr.)
1924 - 2004
Paul Newman
(Paul Leonard Newman)
1925 - 2008
Sean Connery
(Thomas Sean Connery)
1930
James Dean
(James Byron Dean)
1931 - 1955
James Earl Jones
1931
William Shatner
1931
Orángel Delfín
(Orángel José Rodríguez Farías)
1933 - 2001
José Luis Rodríguez
(José Luis Rodríguez González)
1943

sábado, 23 de noviembre de 2013

Dos señores de la actuación: los Calderón

Don Luis Calderón. Fuente: archivo RCTV
El pasado mes de octubre se cumplieron 100 años del nacimiento de Luis Calderón, uno de los actores que forjaron la televisión venezolana y que, injustamente, su nombre ha quedado en el olvido.

Calderón formó parte de esa legión de pioneros que dejaron su país natal e hicieron de Venezuela una segunda patria. Nació el 19 de octubre de 1913 en España y dedicó 50 años de su vida a la actividad artística, 20 de los cuales transcurrieron en Radio Caracas Televisión (RCTV), antes de su retiro de la actuación.

Se conoce muy poco de su trayectoria profesional, pero sí se sabe que se inició en la televisión venezolana en Televisa, donde hizo pareja con Zoe Ducós en la comedia El ojo de la cerradura. Posteriormente, dirigió artísticamente y protagonizó con éxito el ciclo Teatro del Hogar, actividad que compartió simultáneamente con trabajos en la radio y el teatro.

En 1959 pasó a integrar el elenco de RCTV. Allí intervino en uno de los grandes éxitos de la década del 60: Renzo el gitano, protagonizada por Oscar Martínez y Eva Moreno, donde encarnaría al recordado Conde Farnesio, uno de los mejores roles de su amplia trayectoria. También actuó en telenovelas como Historia de tres hermanas, La Usurpadora, Sacrificio de mujer, Raquel, La indomable y La Fiera, junto a Doris Wells, Eva Blanco, Marina Baura, Raúl Amundaray, Elio Rubens y José Bardina, entre otros grandes de la época. En teatro estuvo en el elenco de La Ratonera, junto a Marina Baura.

Fuente: diario Panorama
Su acento español nunca lo perdió y era un atractivo adicional, sobre todo cuando le tocó encarnar a sacerdotes.

En 1970 Calderón estuvo al borde de la muerte debido a graves padecimientos renales y luego de una larga espera, logró el ansiado trasplante de riñón —donado por su hermana— que le permitió alargar su carrera profesional.

Uno de sus últimos trabajos dramáticos fue en el cine, en la película El Regreso de Sabina (Antonio García Molina, 1980), la cual no recibió buenas críticas.

El actor se retiró de la actuación en 1981 y se radicó en Madrid junto a su esposa. Sus deseos de regresar a Venezuela para visitar a sus hijos Olga, Arturo y Alberto se concretaron 15 días antes de su deceso. Una fuerte dolencia cardíaca motivó a sus familiares a internarlo en una clínica caraqueña y luego de ser intervenido de urgencia de cinco aneurismas en la aorta —según reseñó la prensa (1)—, dejó de existir en la madrugada del 16 de octubre de 1984, a tres días de su cumpleaños número 71. Su muerte fue lamentada en el medio del espectáculo, donde supo ganarse el respeto y cariño de sus compañeros.

Arturo Calderón. Fuente: archivo RCTV
El ilustre apellido también tuvo un destacado representante artístico en otro intérprete, esta vez venezolano: Arturo Calderón, nacido en Borojó, estado Trujillo, en 1919, quien logró hacerse de un nombre respetado como actor de carácter en varias producciones dramáticas televisivas y tuvo una relevante intervención en el cine nacional durante las décadas de los 70 y 80.

Uno de sus roles más recordados fue el de Juan Primito, en Doña Bárbara, producida por RCTV en 1978, con Marina Baura y Elio Rubens como pareja protagónica. Sin embargo, también encarnó entrañables personajes en Cristina y La hija de Juana Crespo.

Marina Baura y Calderón personificando a Juan Primito en Doña
Bárbara,
quien  ahuyentaba a los rebullones que revoloteaban
alrededor de El Miedo. Fuente: El Nacional
Otro hito dentro de su carrera fue José Francisco Gallardo, mártir de la resistencia en la telenovela Estefanía, el cual le valió diversos reconocimientos de la crítica y el cariño del público. Entre su amplia trayectoria actoral se incluye además las actuaciones en Días de infamia, Azucena, Topacio, Cristal, La intrusa, Mi amada Beatriz, Mansión de Luxe y Señora.

En RCTV, su casa durante muchos años, intervino en los unitarios Cuento de Navidad, versión del clásico de Charles Dickens; Dios se lo pague, junto a Raúl Amundaray y Pierina España; y en el Ciclo de Rómulo Gallegos.

En el film La quema de Judas, de Román Chalbaud (1974).
Sin embargo, es en el cine donde su presencia se hizo una constante, en roles secundarios pero que él resolvió con su veteranía y profesionalismo acostumbrados. Su amplia trayectoria fílmica incluye varios títulos bajo la dirección de Román Chalbaud: La Quema de Judas (1974), Sagrado y Obsceno (1976), El Pez que Fuma (1977), Carmen la que contaba 16 años (1978) y La oveja negra (1987).

Junto al malogrado actor Javier Zapata,
en La Oveja Negra. Fuente;: revista Encuadre
Además actuó en Trampa inocente (Ozziel Rodríguez, 1977), La Empresa Perdona un Momento de Locura (Mauricio Wallerstein, 1978), Compañero de viaje (Clemente de la Cerda, 1980), El regreso de Sabina (Antonio García Molina, 1980), Domingo de Resurrección (César Bolívar, 1982), El Violinista (Betty Kaplán, 1981), Carpión Milagrero (Michel Katz, 1983),  La hora del tigre (Alfredo Lugo, 1984) y Operación Billete (Olegario Barrera, 1987), esta última junto a Tomás Henríquez.

Arturo Calderón falleció en la noche del 24 de agosto de 1989 (2), a los 70 años de edad, luego de venir sufriendo serios quebrantos de salud. Su desaparición dejó gran pesar entre sus colegas y amigos, de quienes supo ganarse el respeto y el cariño sincero, así como un gran vacío en el medio artístico nacional.

La corta memoria del venezolano ha dejado a un lado a estas dos figuras del espectáculo local, maestros en lo que actuación y profesionalismo se refiere. Un triste destino que ha recibido el trabajo de muchos de los pioneros de nuestra televisión y que ya es momento de empezar a resarcir, para beneficio de las generaciones venideras.

(1) Diario Panorama, 17/10/1984, p. 61(2) Diario Panorama, 26/08/1989, p. 3-8

domingo, 27 de octubre de 2013

Esa mala actriz llamada Lolita del Río

Diana Bracho. Fuente: Getty Images
Latam  / Clasos
«Muchas estrellas del cine mexicano eran pésimas actrices. Mi tía Dolores del Río, que era preciosa, hizo una carrera extraordinaria en Hollywood –perdón tía Dolores– pero era pésima actriz». La afirmación la hizo Diana Bracho, ella misma una intérprete de alto calibre en la escena azteca, en el marco del Festival Internacional de Cine de Guadalajara, celebrado en marzo de 2011, en el que era homenajeada por su trayectoria.

No era una declaración gratuita: fue su respuesta a una pregunta formulada durante la rueda de prensa, referida a su concepto sobre la existencia de actores no profesionales en las cintas mexicanas. Sin embargo, la noticia cobró grandes titulares. No era para menos, pues cuestionaba la calidad profesional de la legendaria Del Río, ícono del cine hollywoodense y del propio mexicano durante la llamada Edad de Oro, de quien además Bracho era pariente lejana.

A pesar de lo antipático que pudiera sonar, no era la primera vez que se cuestionaba la línea de actuación de Dolores Del Río, reina en cuanto a enarcar la ceja junto a María Félix, otro ícono intocable para la legión de admiradores que aun ostentan ambas. Innegable como lo es la belleza de estas mexicanas en su juventud, muchos críticos las ven más como personalidades llenas de encanto que iluminaron la pantalla con su majestuosa presencia. 

Ya en 1934, la crítica cinematográfica mexicana Cube Bonifant catalogaba a Dolores Del Río como a una actriz sin belleza (algo totalmente falso) y con pocas cualidades artísticas (algo también discutible) cuando ésta actuó en la película Madame DuBarry (William Dieterle, 1934): “La última favorita del ‘Rey Sol’ o ‘el Bien Amado’ es demasiado mujer para una dama de tan escaso atractivo físico e importancia artística como Lolita del Río”. (Ilustrado, 16 de agosto de 1934, pág. 22). Un comentario que le acarreó bastantes enemistades, sobre todo con los fanáticos de la famosa actriz.

Dolores del Río, diva de Hollywood, en 1935.
El 11 de abril de este año se cumplieron 30 años de la partida de Dolores Del Río, en 1983, víctima de una cirrosis hepática a los 78 años de edad. Su verdadero nombre era Dolores Martínez Asúnsolo y López Negrete, oriunda de Durango donde nació el 3 de agosto de 1905.

Hija única de un banquero y hacendado, provenía de una acaudalada familia de Durango. Entre sus ilustres parientes estaban el político revolucionario y presidente Francisco Madero, los actores Ramón Novarro y Andrea Palma, así como el director Julio Bracho, este último padre de Diana Bracho.

Dolores tuvo una educación privilegiada en colegios de monjas. A los 15 años contrajo matrimonio con el abogado Jaime Del Río, quien le aventajaba en diez años y cuyo apellido ella hizo famoso como estrella cinematográfica, primero de Hollywood, luego en el cine mexicano en su época dorada.

Una de las preciosistas imágenes de la película María Candelaria.
Hablar de su trayectoria en Hollywood es reiterar en información ya conocida, al igual que su participación en el cine mexicano, a comienzos de la década de los 40. Su asociación con Emilio "El Indio" Fernández, director y productor quien con un equipo compuesto por el novelista y guionista Mauricio Magdaleno, el camarógrafo Gabriel Figueroa y el actor Pedro Armendáriz, le dispuso en bandeja de plata roles ya legendarios en películas tan recordadas como Flor Silvestre, María Candelaria, Bugambilia y Las abandonadas.

El impacto de la imagen de Dolores del Río ha perdurado como ícono de belleza y elegancia, aun en nuestros días. En julio de 2010, el Museo Soumaya exhibió 55 imágenes inéditas de la actriz, provenientes del Centro de Estudios de Historia de México. La exposición Dolores del Río: la encantadora de cámaras, presentó una selección de las 2 mil 500 fotografías personales que la estrella guardaba y que después de su muerte fueron depositadas por su último esposo, Lewis Riley, en el Archivo Histórico del Centro de Estudios de Historia de México en el fondo MXXIV, donde fue ordenado y clasificado.

El atractivo de la muerte, bellamente fotografiado por Gabriel Figueroa en María Candelaria.
En aquella oportunidad, la curadora de la exposición, Eva Ayala, explicó que la muestra inaugurada en el 2009 había sido renovada y en esa ocasión se exhibían 57 imágenes nuevas, 55 de las cuales eran inéditas y permitirían al público conocer el trabajo de los artistas del séptimo arte.

En agosto de 2011, a 107 años de su nacimiento, fue recordada nuevamente en una muestra fotográfica en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México.

¿Fue Dolores Del Río solo una mala actriz con una fama ganada por su encantadora belleza y magnífica presencia en la pantalla?


David Ramón  crítico de cine, historiador, investigador y profesor universitario mexicano dio en su momento su opinión con respecto a las polémicas declaraciones de Diana Bracho. Ante todo, señaló que estas partían de la ignorancia: ella nunca había visto la mayoría de las películas de Dolores Del Río, ya que en la proyección de Evangeline, en el Festival de Morelia, Bracho le había manifestado su admiración por la labor actoral de Dolores en este filme y afirmó que no había visto la mayor parte de su filmografía: ni del Hollywood mudo ni del hablado, ni de sus películas en México o en Europa.


De igual manera, Ramón se sirvió de las opiniones de directores hollywoodenses tan reputados como Raoul Walsh, Don Siegel, John Ford (que dirigió a Del Río en dos ocasiones) y, sobre todo, Orson Welles, quienes la consideraron excelente actriz.



En todo caso, Dolores siempre se sintió satisfecha de su trabajo fílmico y de su interesante vida, según se desprende de una afirmación suya, hecha años antes de su fallecimiento: «He pagado el precio de la gloria cinematográfica y he conocido el premio, no puedo quejarme. Ahora sigo viviendo como quiero vivir; con mi esposo Lou no sólo comparto la pasión por el teatro, por el mar, los viajes, la vida. Puedo mirar hacia atrás con alegría, hacia delante con esperanza. Todavía hay mucho quehacer, vamos a hacerlo con esa misma pasión que he puesto en todo por encima de penas y alegrías que la vida ha podido depararme. Pienso que lo esencial para mí fue haber sabido encontrar un sentido a mi propia existencia y haberme entregado a él con plenitud, sin reservas, apasionadamente, porque solo apasionadamente puedo enfrentarme al cotidiano y excepcional arte de vivir».

domingo, 6 de octubre de 2013

Postales del discurso amoroso

Ofrenda de amor (1969).
Obra de Emerio Darío Lunar
Hace unas semanas, una querida amiga se quejaba de la ausencia de una de las formas más elegantes de comunicación escrita:

«Cuánto daría porque alguien me enviara una carta, una postal. De donde sea. Aunque solo trajera una línea, quizás solo un dibujo, aunque la enviase a donde no estoy. No importa. Solo quiero una carta. O una postal.…Ya no escribimos cartas, ya no enviamos postales, con las diversas y fuertes sensaciones que produce esperarlas, recibirlas, abrirlas, tocarlas, acariciarlas, rozarlas, recorrerlas con los ojos y las manos, y finalmente leerlas».

Sí, escribir y recibir una carta o una postal ha sido un placer que hemos perdido con la incorporación de las nuevas tecnologías, quizá más rápidas, con otras ventajas, pero que ciertamente han dejado para la nostalgia la romántica espera por la llegada del correo.

Aquellos tiempos en que recibir una carta era todo
un  acontecimiento...
Yo me declaro un fervoroso defensor de las cartas y de las postales. Esas escritas a mano, ilustradas con el garabato de una firma autógrafa; con la estampilla y el matasellos de la oficina de correos desde donde fue enviada y con la ilusión intacta de recibirlas "uno nunca sabe cuándo", porque como andan las cosas en IPOSTEL, que llegue completa ya es un milagro.

Postal años 50. Colección personal.
La definición de una postal nos remite a una tarjeta que reúne los requisitos de las normas postales concernientes a la tarifa del correo de cada país y están vinculadas a sus dimensiones (tamaño y espesor), leyendas, ilustraciones, tarifas, etc. Su diseño fue una estrategia para estimular el negocio del correo y promover las comunicaciones breves a la mitad del valor de una carta simple.

Su historia se inicia en Austria, en el año 1869, con la  emisión de las primeras cartulinas de color café claro, diseñadas solamente para escribir, aunque prontamente empezaron a llevar imágenes.

Como todos los inventos que han tenido trascendencia en nuestra sociedad, los orígenes de la tarjeta postal han sido discutidos. Según los estudiosos del tema, hay que situarlos en 1865, cuando el Consejero Postal del Reino de Prusia, doctor Heinrich von Stephan,  propuso a la Conferencia Postal de Karlsruhe la creación de una «tarjeta de cartón, 12 x 16 centímetros de superficie, que llevaría impreso el sello postal, y cuyo reverso se reservaría para una breve comunicación. La tarifa correspondiente debería ser reducida».

Postal años 50. Colección personal.
No obstante, ha habido cierto consenso en atribuirle al doctor Emanuel Hermann, profesor de la Academia Militar Theresia de Viena, en Austria, la propuesta de su creación al publicar en enero de 1869 en el periódico Neue Wiener Presse un artículo titulado "Acerca de un nuevo medio de correspondencia por intermedio del Correo", el cual aparentemente recibió una buena acogida por las autoridades postales austríacas.

El decreto de autorización de la circulación de tarjetas postales fue firmado en septiembre de 1869 por el director de Correos austriaco, el barón Adolfo Maly; y un mes después se emitió la primera "Correspondenz-Karte".

Luego de este prometedor comienzo, fueron incorporadas las imágenes en el diseño postal, al ser reproducidas obras de artistas populares en ese pequeño formato, aunque los paisajes, flores y animales tuvieron mayor difusión. El erotismo encontró en este medio un interesante campo para desarrollarse, dirigido a un público eminentemente masculino.

Postal de la plaza Vittorio Emmanuelle, en Florencia. 
El surgimiento de la técnica de la fototipia permitió en 1892 que la casa Hauser y Menet, en España, reprodujera fotografías sobre postales, lo cual amplió las posibilidades decorativas de este medio. Ya en 1900 la tarjeta postal ilustrada había conseguido tal aceptación, que empezó a ser codiciada como objeto de colección.

Postal años 50. Colección personal.
En Venezuela, si bien el servicio de correo fue organizado desde 1795 por el Capitán General, Don Pedro Carbonell, sus inicios fueron desalentadores, debido a la escasez de rutas y el número reducido de oficinas. Con la Guerra de Independencia, la condición del correo no mejoró y hubo que esperar a la creación de la Gran Colombia para que el servicio postal se extendiera a las grandes ciudades, estableciéndose correos semanales, quincenales y mensuales con el uso de buques como medio de comunicación.

Según la historia dada a conocer por el Instituto Postal Telegráfico venezolano (IPOSTEL), «en 1832, primera Presidencia de Páez, se fijaron los portes de la correspondencia que se conduce por mar. Se dio paso a la Administración Postal, instalándose una oficina de correo en cada poblado, puertos principales y capitales de estado».

Postal colección personal.
Las primeras estampillas de correo se pusieron en circulación en 1859; no obstante, habría que esperar hasta 1890, cuando las imprentas a vapor pudieran reproducir fotograbados y cromolitografías, para que las tarjetas postales llegaran a Venezuela. Tal como lo reseña en su sección Dossier la revista El desafío de la historia en su edición No. 22, «se reproducían en ellas paisajes que resaltaban las maravillas urbanas y naturales del país, muchas veces con gran sensualidad y sentido romántico». 

Las primeras tarjetas postales que circularon en nuestro país tenían una dimensión de 14 centímetros de largo por 9 centímetros de ancho; no disponían de viñeta alguna en su anverso, en donde sí tenían la siguiente impresión: Union Postale Universelle, Estados Unidos de Venezuela, Tarjeta Postal, así como el diseño de la estampilla impresa con un valor de 10 céntimos en el ángulo superior derecho y el escudo nacional en el lado izquierdo.

Postal romántica. Colección personal.
Con la intención de incentivar la industria por medio de las comunicaciones postales, el 1º de septiembre en 1898 el Ejecutivo Nacional por resolución del Ministerio de Correos y Telégrafos autorizó a los particulares para editar y vender tarjetas postales con viñetas y anuncios en el anverso, con las mismas dimensiones ya señaladas. Hicieron su aparición en nuestro entorno las postales como las conocemos hoy, en la que su anverso usualmente muestra un motivo o imagen especifico, bien en blanco y negro o en color.

El escritor E. S. Turner cuenta en La historia de la galantería que «la fotografía se hallaba en sus comienzos, pero no estaba lejano el momento en que los enamorados podrían transportar sobre su corazón la imagen del objeto amado y empañarla con sus suspiros. Entretanto, la litografía hacía sus veces. La industria de las tarjetas de felicitación habilitó una enorme cantidad de recursos para facilitar los encuentros amorosos y estimular las aspiraciones de los protegidos de San Valentín. Con la moda de los `corazones unidos y sangrantes´ se da el primer paso hacia la indolencia del enamorado, que confiaba a otras manos la tarea de adornar sus sentimientos. Hasta entonces, el amante dibujaba y decoraba el testimonio de sus amores y lo llevaba personalmente hasta la puerta de su destinataria. A partir de la era victoriana prefirió elegir un mensaje ya confeccionado, y deslizarlo en el interior de un buzón por una suma despreciable».

Postal años 50. Colección personal.
En un artículo publicado en La Nación de Buenos Aires, en marzo de 1903, el escritor Rubén Darío comentó acerca de las bondades de la tarjeta postal: «Cuando vais en viaje, por un lejano país, muchas veces no os es fácil el escribir una carta a tales o cuales personas de nuestra afección; y una o dos palabras puestas en una tarjeta postal ilustrada que echáis en el próximo buzón, llevan vuestro recuerdo con la imagen del paisaje o del lugar en que escribís. Por eso en todos los puntos de la tierra a que la Agencia Cook conduce sus caravanas encontraréis en abundancia los puestos y tiendas de tarjetas con las variadas fotografías de los monumentos, curiosidades, personajes célebres y demás particularidades de la ciudad o pueblo, desde la recóndita China hasta la clara Italia, desde las pirámides hasta el país del Sol de medianoche. Hay otra virtud en la tarjeta postal ilustrada y no la menos interesante como comprenderéis. Por ley de la moda, una señorita que no podría escribir cartas a un caballero de su simpatía sino a furto, a escondidas de sus padres, corresponde con él libremente, si se le antoja, por medio de la propaganda cartulina. Y aún la cartulina misma, con el simbolismo de sus flores, o de sus figuras, suele decir más que un largo pliego».


Postal años 50. Colección personal.
Rubén Darío, quien además fue empleado de Correos en Buenos Aires, según él mismo contó, agregó también en esa oportunidad que «(…) la tarjeta postal puede llevar, como he dicho, el paisaje, la reproducción del lugar en que se encuentra la persona amada; y ahora que la fotografía también está adoptada como uso elegante, y que uno mismo se puede hacer a su gusto sus tarjetas postales, la comunicación, si escasa por la palabra, es más elocuente por la imagen. Es la ilusión de la presencia, y si es cierto que, según la teoría ocultista, en la reproducción de nuestra imagen por la luz queda algo de nuestro ser interior y misterioso de nuestra alma, la tarjeta postal fotográfica es el ideal de la correspondencia sentimental y amorosa».

Postal años 50. Colección personal.
Si bien se ha reconocido los inicios del siglo XX como el momento de esplendor de la historia de la tarjeta postal, todavía en la década de los 50 este instrumento sería especialmente apreciado por los románticos para expresar sus sentimientos al enamorado(a) de turno.

El impacto de la tarjeta postal como medio de comunicación masivo es innegable. Aun hoy, en esta era digital, las postales han invadido el mundo cibernético para, mediante imágenes, sonidos y otros recursos multimedia, llevar buenos deseos al afortunado destinatario de su electrónico mensaje. Sin embargo, tal como mi amiga Laura, yo todavía añoro las tarjetas postales de cartulina. Las pido a cada amigo y familiar que viaja, como ofrenda necesaria para el mantenimiento de nuestra amistad. Poesía visual en formato de cartulina, recuerdos alegres de un pasado no tan lejano.

Si quieres saber más:

  • Cáceres, L.; Vergara, F.; Padilla, K. (2007) Historia de la postal en Chile. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Sistema de Bibliotecas, Red de Archivos Patrimoniales de Valparaíso.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Ellas antes de ser estrellas

Todavía no habían pulido la belleza y la elegancia que las caracterizaría años después, al convertirse en reinas absolutas de la pantalla grande. Eran naturales, despreocupadas (algunas), pasadas de peso o demasiado delgadas otras, nada voluptuosas. La frescura era su carta de presentación. Pero todo lo que las haría famosas estaba allí. ¿Lo pueden ver ustedes?

Audrey Hepburn 
(Audrey Kathleen Ruston, 1929-1993)
Bárbara Stanwyck
(Ruby Catherine Stevens, 1907-1990)
Bette Davis
(Ruth Elizabeth Davis, 1908-1989)
Brigitte Bardot
(Brigitte Anne-Marie Bardot, 1934) 
Clara Bow
(Clara Gordon Bow, 1905-1965)
Claudette Colbert
(Lily Claudette Chauchoin, 1903-1996)
Diana Dors
(Diana Fluck, 1931-1984)
Farrah Fawcett
(Mary Farrah Leni Fawcett, 1947-2009)
Grace Kelly
(Grace Patricia Kelly, 1929.1982)
Greta Garbo
(Greta Lovisa Gustaffson, 1905-1990)
Hedy Lamarr
(Hedwig Eva Maria Kiesler, 1914-2000)
Jean Harlow
(Harlean Carpenter, 1911-1937)
Joan Crawford
(Lucille Fay Le Sueur, 1904-1977)
Julia Roberts
(Julia Fiona Roberts, 1967)
Julie Andrews
(Julie Elizabeth Andrews, 1935)
Lana Turner
(Julia Jean Mildred Francis Turner1921-1995)
Lucille Ball
(Lucille Désirée Ball, 1911-1989)
Mae West
(Mary Jane West, 1893-1980)
Marilyn Monroe
(Norma Jean Mortenson, 1926-1962)
Myrna Loy
(Myrna Adele Williams, 1905-1993)
Raquel Welch
(Raquel Tejada, 1940)

Rita Hayworth
(Margarita Carmen Cansino, 1918-1987)

Fuentes: