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sábado, 7 de abril de 2018

Hace 35 años: I Salón de Pintura Lagoven COL

Manuel Luzardo, ganador del primer premio del I Salón Lagoven
recibe su distinción de manos de Aldo Boccardo, gerente de la
División de Occidente de la filial de PDVSA.
Entre noviembre y diciembre de 1982 se celebró el I Salón de Pintura Lagoven Costa Oriental del Lago en Cabimas, iniciativa que a juicio del crítico de arte Juan Calzadilla, tenía el mérito de ser “la única ciudad de esta parte de Venezuela donde existe un salón que tenga este aspecto participativo”.

Se refería Calzadilla a la apertura a la comunidad de un salón de arte con mucha tradición dentro de esta filial de Petróleos de Venezuela, pero que en el pasado había sido restringido solo a sus trabajadores y familiares. El primero se había realizado en 1978 y el segundo, del 30 de noviembre al 7 de diciembre de 1979 en las instalaciones del Lago La Salina Club. Con 14 años, participé en este con dos obras producto del atrevimiento de un adolescente con ínfulas de artista:Amor de madre y La eterna coqueta. A pesar de no obtener ningún reconocimiento, tuve la satisfacción de que uno de los asistentes se interesara en una de esas pinturas, aunque nunca se concretara la venta.




Para 1982, el Salón Lagoven entraba en una etapa de mayor consolidación y, atendiendo a un requerimiento de residentes de la zona, la invitación se extendió a todos los artistas de la Costa Oriental del Lago. Contó con dos jurados, los cuales se encargaron de escoger los trabajos que concursaron y de otorgar los cuatro premios concedidos. El primero estuvo integrado por Pierre Carezis, superintendente de Servicios Eléctricos de Lagoven; Clarita de Pool y el pintor Pedro Piña. El segundo contó con el crítico de arte Juan Calzadilla; Enrique Romero, director del Museo Municipal de Maracaibo;  y de Vicente Alcázar, pintor e ilustrador español radicado en Maracaibo.

El público se hizo presente en la inauguración del evento.
En la inauguración del evento, realizada en el Instituto Municipal de la Cultura de Cabimas, Calzadilla mencionaba que el jurado decidió abarcar con la premiación los aspectos más sobresalientes de este salón: la búsqueda de lo auténtico, de la identidad en función de un elemento de formación popular que, a su vez, ha logrado en el país una presencia que dice mucho de la visualidad del artista venezolano.

A su juicio, Cabimas era una ciudad que contaba con una producción artística popular de gran nivel y era lógico que gran parte de estos premios tuviesen que ser dirigidos hacia ese aspecto de la creatividad. Sin embargo, mencionaba que el aporte de esta ciudad petrolera no se iba a restringir exclusivamente, como se podría pensar, al aspecto popular, ya que observaba entre los nuevos valores una tendencia hacia los aspectos más profesionales en la elaboración de la pintura. Aseguraba que eso fue lo imprevisto de este salón, ya que reflejaba la búsqueda de una línea formativa que podía ser el resultado de las nuevas escuelas de arte creadas en la región.

Las distinciones concedidas esa noche fueron las siguientes:

• Primer Premio a la obra Composición en gris, de Manuel Luzardo. Este joven, radicado en Los Puertos de Altagracia, cursaba en esos momentos estudios en la Escuela de Artes Plásticas Neptalí Rincón, en Maracaibo. La obra ganadora, según el jurado, tenía “una excelente calidad impresionista además de lograr un buen equilibrio entre los elementos y una soltura en el manejo de los grises y sus degradaciones”.









• Segundo premio a Pintura de mis recuerdos, de Blanco Aparicio, artista popular reconocido por sus escenas de la Cabimas del ayer.










• Tercer premio al cuadro Vía Los Cocos-Santa Rita, de Numa Barboza.







• Cuarto premio a Cine Principal, de Luis Sánchez.

Blanco Aparicio junto a su obra "Pintura de mis recuerdos"
Además se otorgaron menciones honoríficas a Paolino Seifo, por la obra Bodegón con zapatilla, en la que mostraba su pericia en el manejo del dibujo y las técnicas académicas clásicas; a Margarita Soto, la reconocida artista popular por su trabajo titulado San Benito en el Gasplant; y a Enrique Colina, arquitecto y para la época un joven valor emergente de la pintura por su Proyecto de Cultura para Cabimas o Maracaibo.


El jurado recomendó en esa ocasión que en futuras ediciones se aceptaran dos obras por participante, a fin de tener más elementos de juicio al momento de valorar el trabajo autoral. Además, otorgó un voto de estímulo a Lagoven por la apertura de este Salón a la comunidad de la Costa Oriental, una experiencia que luego se extendería a todo el Zulia cuando en 1994 este importante encuentro artístico evolucionó al I Salón Lagoven de Artes Visuales, con sede en el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez (CAM-LB), en Maracaibo, abierto a otras expresiones como la escultura, instalaciones y fotografía. La cuarta y última edición se efectuaría en 1997.

En la esquina inferior izquierda puede observarse la obra de
Emerio Darío Lunar participante en el Salón 
Como nota curiosa, Emerio Darío Lunar —quien siempre fue reacio a este tipo de concursos— participó como artista invitado en el I Salón Lagoven COL, con una colorida obra titulada El Buen Samaritano, en la cual un burro con una cruz colgada del cuello posaba en un salón de paredes y columnas azules, piso de mosaicos amarillos y rojos, así como una cortina de encaje en el lado izquierdo. A pesar de la sátira implícita, el autor no causó el revuelo que creyó podría provocar un tema como el planteado.



Fuente: Rodríguez, Pedro (1983). I Salón de Pintura Lagoven Costa Oriental del Lago: El arte de la comunidad marcó la diferencia.  Revista Nosotros, enero 1983, p. 25.  

miércoles, 5 de octubre de 2016

Pedro Oporto: mago de la creación popular


Pedro Oporto y su obra Sueños de Libertad
Entre la extensa galería de peculiares personajes que forman parte del panorama artístico en Cabimas, Pedro Oporto tiene un lugar especial como ejemplo de individuo que enfrentó un entorno adverso del cual salió airoso gracias a su empuje y creatividad.

Primer punto a aclarar: Pedro Oporto no nació en Cabimas. Su ciudad natal fue Barcelona, estado Anzoátegui, donde vio la luz el 8 de julio de 1902. A la edad de ocho años perdió a sus padres y quedó al cuidado de una tía solitaria.

Como había mostrado desde niño una innata disposición al arte, corriendo el año 1912 recibió consejos y orientación de un viejo pintor francés supuestamente apellidado Perrouguet, quien cada tarde recibía a este muchachito menudo y tímido en donde funcionaba su desordenado estudio. También a temprana edad se dedicó a tallar la madera y a los 12 años elaboró un Cristo Negro que regaló a la iglesia del pueblo y del cual él mismo señaló en una entrevista al diario Panorama (1) desconocer su paradero definitivo.

El niño Pedro
De esa época recordaba Oporto su disposición a dibujar a algunos personajes de su pueblo. Así fue como en plena época gomecista elaboró un retrato del Gobernador de Anzoátegui y este le regaló 20 bolívares, el primer pago formal que recibió por una obra suya.

No obstante, alguien con su sensibilidad no era persona de quedarse en un solo lugar a la espera de que los tiempos cambiaran. Movido por su afán de lograr mejores condiciones de vida, en su adolescencia viajó a Ciudad Bolívar, donde luego de pasar diversas penurias fue acogido por la familia Larrazábal Ugueto. De allí se trasladaría a Caracas, con 18 años de edad, en búsqueda de mejores oportunidades de vida.

El joven Pedro
A principios de la década de 1920 se inscribió en el Círculo de Bellas Artes y por un corto periodo recibió formación artística, la cual no pudo seguir debido a la falta de recursos económicos. Atrás quedó la esperanza de un viaje a París para continuar sus estudios de pintura, ante la falta de concreción de una beca o de apoyo oficial.

En esos años se dedicaba a diversas actividades para sobrevivir: decoró zaguanes en las casonas de El Paraíso y algún amigo le consiguió la oportunidad de hacer dibujos publicitarios para la Litografía El Comercio.

Al referirse a este periodo en la vida del pintor, la educadora y ensayista Nancy Noguera expresó en un folleto dedicado a Oporto: “Caracas era una ciudad complicada y difícil para un joven soñador con muchos proyectos en la cabeza, pero sin dinero, tímido y con muy pocas relaciones. Por ello, tres años más tarde se marcha a probar suerte en Maracaibo y se inscribe como parte de la tripulación del vapor “Progreso”, con el que recorre las Antillas”. Más tarde llegaría al grado de contramaestre en esa misma embarcación.

Paseo en el lago. Obra de Pedro Oporto, cortesía de Edicta
García de Negrón.
Mientras tanto, en el occidente del país, la fiebre del Oro Negro emergía con furor en el estado Zulia. En 1922, el reventón del pozo Barrosos II en Cabimas despertaba la codicia de las potencias mundiales y el interés de un pueblo, carente de oportunidades para el desarrollo social, que vio en la industria petrolera su esperanza de progreso.

Viviendo en en Zulia, Pedro ejerció otros oficios para ganarse la vida y así se desempeñó como herrero y electricista en las transnacionales de la época, la Creole Petroleum Corporation y la Mene Grande Oil  Company.

No obstante, para alguien creativo como Oporto, la industria petrolera no era lo que buscaba. Ya establecido en Cabimas, tierra agreste que vive a espaldas del petróleo explotado por intereses foráneos, desarrolló algunas habilidades que le permitieron su sustento en el futuro: estudió por correspondencia mecánica dental y fotografía, ambos oficios por los que sería ampliamente conocido. Un técnico norteamericano le traducía las enseñanzas que le llegaban del Instituto de Filadelfia.

Don Pedro con su banda masónica, elaborada a mano por él
mismo. Foto cortesía Edicta García de Negrón.
No dejó de pintar en ese tiempo, pero esto ya no era su objetivo principal. Mantuvo una constante necesidad de conocimiento, algo que ratifica la abogada Flor Romero, quien fungiera como directora del Instituto Municipal de Cultura y Bellas Artes en Cabimas (IMCBA) en un artículo publicado en Panorama (2): “lee todo cuanto cae en sus manos, se hace miembro de la Logia Masónica de Cabimas, aprende a tocar el arpa…”. Aquí instaló su gabinete dental, donde confeccionaba prótesis; y un estudio fotográfico, de los primeros reconocidos en la localidad, los cuales se encontraban ubicados por los alrededores del cementerio viejo de la ciudad. Paralelamente, continuaba con su labor artística, ya acompañado por Mélida Padrón, con quien se casó en 1926  y estableció una sólida familia en la que procreó cuatro hijos:Edicta de García, quien también se dedicaría a la pintura; Alfonso; Nelly de Salazar y Pedro.

La realidad de la vida (1943). Foto
cortesía Edicta García de Negrón
La labor pictórica de  Oporto es consistente a lo largo de estos años. Él mismo afirmaba: “Yo no soy pintor, yo nací con la pintura”.  Su imaginación alzaba vuelo y con sus mínimos conocimientos, casi un autodidacta, pintó cuadros simbolistas como La realidad de la vida, fechado en 1943, en el cual presentaba una mujer desnuda acostada sobre un libro abierto y rodeada de osamentas; La Primavera, también de ese mismo año, mostraba a una mujer de larga cabellera, al estilo de las antiguas diosas greco-romanas, en un entorno de vegetación y flores. En Visión recreaba un sueño de juventud en el cual su madre muerta se le aparecía cuando se encontraba acompañado por su tía. Para la Logia Ricaurte No. 82, de la cual formaba parte como masón, pintó un retrato del General Rafael Urdaneta.

En 1947 se atrevió a montar una exposición de sus obras en el local de la farmacia de Víctor Romero Galué, según él mismo lo manifestó a Prieto Soto, información recogida en el libro Cultura y Petroplástica Costa Oriental (3).

La Primavera (1943). Foto cortesía Edicta
García de Negrón. 
El trabajo artístico de Pedro Oporto ha sido clasificado por lo general dentro de la corriente del arte popular venezolano, antes marginado y cuya visibilidad fue recuperada a partir de la década de 1970. Quien pretenda buscar en él los rigores de la pintura academicista se encontrará con una obra apartada de la perfección clásica, si bien el artista toma de esta fuente con las limitaciones propias de alguien no formado apropiadamente en las escuelas de arte de la época.

Prieto Soto lo consideraba como un “copista y pintor autodidacta. Los temas simbólicos los llevó a la tela con una técnica realista, que recuerda la pormenorización de los pintores primitivos, y detrás de la cual se plasma una intensa cualidad poética”.

Para el periodista y crítico de arte Sergio Antillano, Oporto “pintó el sentimiento, el mito, el amor, el pecado capital y la aventura solo para que recordemos”. Por su parte, Nancy Noguera, en su artículo Arte popular en Venezuela: raíces y vigencia (4) es más precisa:

En Tinieblas. Foto cortesía Edicta García de Negrón
Este pintor es sorprendente. A mitad de camino entre el pintor culto y el espontáneo, puede a voluntad perfilar sus poderes, matizar sus técnicas y vivir la pintura como una aventura.

Oporto pintaba lo que quería, ángeles y amantes en la plaza, muchachas en flor ardientes, diosas o retratos familiares, poco importaba, era su visión, su lenguaje eminentemente fabulatorio, la lectura de una realidad empapada del sobresalto de lo imposible.”

Como hombre polifacético, entre sus amigos Pedro se hizo famoso por sus habilidades como prestidigitador y en más de una ocasión presentó un espectáculo de magia ante maravillados asistentes. También fue un inventor popular y entre sus creaciones se encuentran un candado de combinación, una alarma de vibraciones y una cámara de revelado fotográfico, las cuales lamentablemente nunca fueron patentadas.

Pedro Oporto junto a su obra Visión
Si bien la obra de este creador siempre fue apreciada por quienes le conocían, es a partir de la década de 1970 cuando su labor es mayormente reivindicada y reconocida. Por ejemplo, en ocasión del famoso Congreso Cultural Cabimas 70, el médico y artista conceptual Carlos Contramaestre organizó una exposición con pintores locales, en la cual mostraron sus producciones Rafael Chirinos, Emilia Navarro, Rafael Vargas, Pedro Oporto y Edicta Oporto de García, su hija. En esa ocasión, mostró las pinturas Sueño de Libertad, la Santa Cena, Tinieblas, Acacia y Visión.

En 1979, luego de la toma de la Escuela de Artes Plásticas de Cabimas, la directora del Instituto Zuliano de la Cultura, Lía de Bermúdez, anunció el cambio de nombre de dicha institución. Así, a partir del 2 de abril de ese año se llamaría Escuela de Artes Plásticas Pedro Oporto en lugar de Vitaliano Rossi, como un justo homenaje a la figura del pintor popular.

El Romántico. Foto cortesía de Edicta García de Oporto
Un mes después, el 21 de mayo de 1979, el Centro Filosófico del liceo Hermágoras Chávez en Cabimas organizó el evento Nueve hombres y un propósito después de El Chorro, el cual era una manera de mostrar que en nuestra ciudad no solamente se producía petróleo y calor, sino también artistas, a pesar de su estado deprimente. “Somos seres que tenemos mucho que dar, seres que a pesar de las privaciones pueden pintar cuadros como todos esos que ustedes aprecian aquí”, afirmó en el acto inaugural José Gregorio González, presidente del centro. Entre los homenajeados no podía faltar Pedro Oporto.

Las Espigadoras. Foto cortesía de Edicta García de Negrón
Luego, entre el 1 y 8 de julio de 1979, se efectuó la única retrospectiva que se ha hecho del pintor, organizada en un espacio del entonces Centro Comercial Borjas, en la carretera H en Cabimas. Esta muestra, que recogía sus creaciones de los últimos 40 años, así como sus inventos y demás creaciones, contó con Flor Romero, Agustín Prieto, Abimelet Pinto, Alix Guerra y Edicta Oporto de García como organizadores, constituidos como Comité Pro Rescate del Arte Popular. Sergio Antillano, entonces director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia, estuvo presente y habló acerca de la trayectoria del homenajeado.

Valentina en el país de las margaritas. Retrato de Valentina
Contramaestre. Foto cortesía Edicta García de Negrón.
Oporto estaría presente también en el II Congreso Cultural Cabimas 80-81, con el cuadro titulado Sueños de Libertad, el cual presidió la exposición montada en los salones del IMCBA el 5 de diciembre de 1980.

Entre el 23 y el 30 de octubre de 1981, el Instituto Municipal de la Cultura y Bellas Artes de Cabimas, bajo la gestión de Flor Romero, ofreció una exposición colectiva titulada Los Pintores Populares y el Infierno Petrolero, en la cual Pedro Oporto compartió espacio con otros creadores populares como Rafael Vargas, Luis Alberto Sánchez, Rafael Chirinos y Ángel Benito Pirela(5).
A sus 80 años, todavía se mantenía visible en los actos culturales locales y presto acudió a la inauguración del I Salón de Pintura Lagoven Costa Oriental el 30 de noviembre de 1982, donde posó junto a Emerio Darío Lunar y Margarita Soto, en un encuentro muy significativo para la cultura cabimense.

Obra en posesión del IMCBA de Cabimas.
El 28 de diciembre de 1984, a los 82 años, falleció el artista popular, el creador permanente, el que hizo de la tierra petrolera su última parada y morada, pero sobre todo el hombre inquieto que no supo limitarse ante las circunstancias que rodearon su vida. Ese mismo año, la galería Malú Fuenmayor de la Secretaría de Cultura del Estado Zulia, presentó una muestra de algunas de sus obras, aquellas que se conservaban en el entorno familiar. Tres años más tarde, el Museo de Petare presentó la exposición Color y Calor de Cabimas, en homenaje póstumo a Oporto y Rafael Vargas(6).

Como colofón y para ratificar la percepción que se tiene de que su producción artística fue subvalorada por la crítica y el público en su momento, es muy esclarecedor el comentario del crítico de arte Roberto Guevara, quien calificó a Pedro Oporto como un “artista singularísimo, extravagante y original florecido a la sombra de las más peculiares circunstancias y con una suerte tercamente ingrata. Casi toda la obra perdida, destruida y sin ubicar. Como el retrato de general gomecista por el que le obsequiaron veinte bolívares. O las diosas del Art Noveau borradas por un inclemente aguacero cuando fueron olvidadas en el patio. O peor aún, por los cientos de trabajos que pasaron de mano en mano, todas indiferentes, todas despectivas, hasta conducirlos al más absoluto de los destinos: la destrucción.”
Ninfa, obra de Pedro Oporto. Foto
cortesía de Edicta García de Negrón
Don Pedro, durante la inauguración de
su retrospectiva en 1979. Foto cortesía
grupo Facebook Cabimas en el tiempo


























Fuentes consultadas
(1) Pedro Oporto:  hombre que ha dedicado toda su vida al arte cumple 82 años. Diario Panorama, 08/07/1984, p.19 
(2) Pedro Oporto desde hoy en la Malú Fuenmayor. Diario Panorama, 12/08/1990, p. 1-7. 
(3) Prieto Soto, Jesús (2000). Cultura y Petroplástica Costa Oriental.
(4) Noguera, Nancy (1987). Arte popular en Venezuela. Raíces y vigencia. Revista Sic No. 500, diciembre de 1987, Centro Gumilla. Pp. 544-547
(5) Panorama, 04/11/1981, p.24
(6) Panorama, 13/05/1987, p. 4-9. 

jueves, 11 de agosto de 2016

Francisco Javier Ibarra: “No voy a dejar una Mona Lisa”

Francisco Javier Ibarra.
(Foto cortesía Abaco Art Gallery & Store)
La primera impresión que ofrece Francisco Javier Ibarra a su interlocutor es que se está ante la presencia de un emprendedor, en el sentido estricto de la palabra. Por fortuna, también es un artista. Nada más inicia la conversación, enumera sus proyectos —a ejecutarse o en ejecución—: un video sobre Emerio Darío Lunar, la edición de tres libros propios, la organización de la gira Periplo Ilustrado, la exposición Color Vital, junto a César Rondón Arriaga (quien retoma su labor como pintor), actualmente en el Club Italo; y hasta la propuesta de creación del Museo de Arte Contemporáneo de Cabimas.

«Yo veo arte en todos lados», dice. «Veo exposiciones con músicos, fotógrafos, pintores, todos integrados, acá en Cabimas. Necesitamosvolver a nosotros, reivindicarnos con la naturaleza humana y nuestra ciudad».

Francisco nació en este municipio petrolero en 1976, aunque su origen familiar tiene una historia muy particular: «Pertenezco a la cuarta generación de los Ibarra. Mi bisabuelo vino de Siria con sus hermanos, en la búsqueda de una vida mejor. Sin embargo, fueron perseguidos al poco tiempo de su arribo por circunstancias de la época, que aún no tengo claras; ellos huyeron al monte y luego se separaron. Un guardia ayudó a mi bisabuelo y él, en su honor, se rebautizó como Francisco José Ibarra. Él le pondría a su primer hijo Francisco Manuel y este llamaría a mi padre Francisco Antonio, quien para seguir la tradición introdujo una ligera variante: me llamó Francisco Javier y a mi hermano Francisco Alejandro».

El Rincón del Compositor. Obra de Francisco Ibarra.
Fotografía cortesía Abaco Art Gallery & Store
Con estudios primarios en Cabimas, el bachillerato lo cursó en el liceo Andrés Bello, en Lagunillas, donde su padre fue director encargado, debido a la ausencia temporal del titular y de la subdirectora.

Yo pinto desde niño, desde que tengo uso de razón. La pintura siempre fue una alternativa de distracción, un hobby, y sí, una necesidad de crear algo.

A la muerte repentina y a destiempo de su progenitor en 1994 —falleció de un infarto cuando apenas tenía 43 años de edad—, Francisco Javier trató de mantenerse en pie, como se esperaba de quien es el mayor de tres hermanos. Sin embargo, en algún momento esa aparente fortaleza se quebró y se sintió perdido. «Cuando creí que no podía hacer nada, comprendí que debía buscar algo que me sacara de ese estado. Entonces me volqué de nuevo en la pintura».

Recuerda que compró tres tejas, una lata de chimó y plasmó una de esas escenas con casitas de los Andes. Una semana después, las hormigas habían devorado sus obras. Más tarde, tomó unas latas de pintura sobrante en su casa, preparó unos lienzos e hizo uno de sus primeros cuadros. «A mis amigos les gustaban e incluso me pedían que se los vendiera, claro, muy económicos, pero por lo menos me permitió seguir comprando materiales para continuar con mi labor».

Detrás del Huerto, de la muestra
Color Vital actualmente exhibida
en el Club Italo en Cabimas.
 Francisco se inscribió en la carrera de Gerencia Industrial en la Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt (UNERMB), en Cabimas. A los 22 años, mientras cursaba sus estudios universitarios, trabajaba además como mesero en un café restaurant en Maracaibo, que a la vez era galería de arte. «Allí aprendí a servir mesas, a llevar una bandeja llena de vasos y tazas, a preparar más de 40 tipos 
de café…aprendí a ser yo mismo».

La idea que tenía de combinar estudios y trabajo no funcionó, principalmente porque su atención se orientaba hacia otros intereses. La carrera la abandonó en el séptimo semestre, como igual hizo con Contaduría en el cuarto semestre. Ya había participado en dos exposiciones: Euforia y Fortalezas, ambas en 1998 en Cabimas. En 1999 montaría Un poco de Calor, en Maracaibo; y en el 2000 presentaría Estudio de las flores y un amor en cautiverio, en el mismo café restaurant donde laboraba. Allí mostraría también las creaciones de Síndrome de Capricornio (Elemento Agua), una serie que años más tarde retomaría con nuevas muestras en Atlanta y Barcelona.

Espejismo No. 5. Obra de Francisco Ibarra.
Fotografía cortesía Abaco Art Gallery & Store
Para sorpresa de muchos, este prolífico artista cabimense acumula más de 30 exposiciones, entre individuales y colectivas, tanto en nuestro país como en el exterior, incluida su participación en el marco del Forum Barcelona 2004, en España. La historia de cómo llegó su obra a este escenario internacional es digna de una telenovela. Baste decir que sin dinero ni pasaporte, mucho menos conexiones en el extranjero, en plena resaca del paro cívico petrolero del 2002/2003, cuando todas las circunstancias apuntaban al fracaso de unas aspiraciones dentro de las cuales el arte había pasado a un segundo plano, el destino tornó las “casualidades” en “causalidades” y le permitió estar presente en uno de los espacios culturales más importantes de principios de este siglo. De allí que él afirme convencido: «Yo creo en las infinitas posibilidades» y todas estas experiencias las ha recogido en un libro con el mismo nombre, actualmente en edición.

Dominical 9-55. Serie Las Memorias del Aire.
Fotografía cortesía Abaco Art Gallery & Store
Durante dos semanas —que se extendieron a dos meses—, Ibarra pudo compartir con 258 artistas de todo el mundo, gracias al apoyo recibido por una galería independiente que tenía un espacio dentro de las actividades del Forum. En el marco de ese evento, presentó Síndrome de Capricornio (Elemento Fuego), en Barcelona, Mataró, Catalunya, Badalona y otras localidades ibéricas. Luego expondría Petal de Roca (Catalunya, 2004), Naturaleza Gótica (Barcelona, 2004) y tres colectivas en Mónaco (2004), Toulousse, Francia (2004) e Ibiza, España (2004).

Del 2004 al 2009 estuve viajando periódicamente a España. En 2007 presenté Las Fábulas de Cuervococo en varias ciudades de España y en el Boulevard Voltaire, en París. Ese año también abrí Própera Parada (Barcelona) y Próxima Parada (Cabimas y Oranjestad, Aruba).

Mayo Crepuscular. Fotografía cortesía cortesía Abaco Art Gallery & Store
Durante los dos últimos años, Ibarra ha contribuido con la organización de las muestras Las Memorias del Aire (individual), Yo soy de aquí (colectiva de artistas plásticos cabimenses) y la ya mencionada Color Vital, con César Rondón. Además, apoyó para la presentación de la individual Al otro lado del puente, del fotógrafo Miguel Ángel González, convirtiendo espacios no convencionales en áreas expositivas.

Una de las particularidades de su obra es el uso atrevido del color, especialmente en esta etapa de su vida creativa. Los elementos figurativos asoman desde el lienzo, a veces fragmentados, con trazos irregulares, aunque perfectamente definidos. En ocasiones la síntesis pictórica lleva a la simbología y raya en el abstraccionismo, algo que él considera como el próximo paso a seguir. «Me gusta que se vean trazos de carboncillo del dibujo que da origen a mis cuadros. Eso que para muchos es un defecto, para mí es un atractivo», agrega.

En pleno proceso artístico. Fotografía cortesía
cortesía Abaco Art  Gallery & Store
Confiesa que en este momento, la planificación se ha convertido en una particularidad dentro de su trabajo artístico. Aún antes de iniciar cada serie, sabe cuántas obras va a incluir, la dimensión de cada una de ellas, la paleta de colores definida con exactitud matemática. Cada uno de los lienzos resultantes, incluso, guarda una historia: «Creo que debe haber un lenguaje adicional en la pintura, a través de la expresión creativa. Y sí, es cierto, hay un lenguaje oculto en mis obras, está ahí. Puedo decir que literalmente escribo con el pincel, aunque no es una característica especial».

Según él, cuando pinta ejecuta pinceladas de determinada manera que prácticamente se convierten en una escritura propia, reflejada en los trazos sobre el soporte elegido.

Ibarra no oculta su interés en las opiniones que los espectadores expresan acerca de sus pinturas: «A la gente le incomoda mucho ver una obra y no poder entenderla. Siempre trata de definir lo que está en los cuatro márgenes de los cuadros y en ocasiones esa apreciación coincide con lo que yo quiero decir, en otras no y eso me llama la atención. Lo que ellos ven y dicen que yo hice».
Pajarraco No. 4. Obra de Francisco Ibarra.
Fotografía cortesia Abaco Art Gallery & Store
La acogida de su producción artística ha sido buena: «A las personas le gusta lo que hago y yo aprovecho eso para proyectar mi trabajo». Su identificación con su público le ha conducido a diseñar estrategias que faciliten llevar sus creaciones a cualquier lugar del mundo. De allí nació lo que él llamó Arte Portable (Portátil tal vez sería la palabra más adecuada), formatos dispuestos para su fácil traslado y ubicación en los sitios más convenientes.

En los actuales momentos se encuentra afinando los detalles de su próxima gira llamada Periplo Ilustrado, la cual combinará diversas experiencias artísticas y lúdicas con los espectadores... hasta compartir un café.

No oculta su admiración por el artista coterráneo Emerio Darío Lunar, uno de los que considera como su inspiración: «Lunar hizo en su obra un punto de partida, sin saberlo o sabiéndolo, del Arte en Venezuela». Más allá de la aparente personalidad extravagante de Lunar, hay una historia que Ibarra desea contar junto a un grupo de colaboradores: «El Niño Lunar combina una historia ficticia con la historia de Cabimas y Emerio Darío de fondo. Quiero llevar un mensaje espiritual, que creo necesario en estos momentos para que haya una comunión entre tanta intransigencia y el Arte».

Esa motivación inspira también el proyecto para la creación del Museo de Arte Contemporáneo de Cabimas, que buscará reforzar nuestro sentido de pertenencia «y nada mejor que empezar por la parte más sensible, que es la cultura».

Las Memorias del Aire, libro actualmente en proceso de edición.
Fotografía cortesía cortesía Abaco Art Gallery & Store
El próximo lanzamiento de tres publicaciones le mantiene a la expectativa: Las Memorias del Aire, que reseña los últimos 15 años de su trayectoria, incluyendo anécdotas, el origen de los conceptos y las obras que le llevaron a realizar la muestra homónima; Las Mujeres de mi Vida, texto autobiográfico; y el poemario Pequeñas Anécdotas de la Cafetería.

Además, maneja su proyecto más personal: Abaco Art Gallery & Store, en Ciudad Ojeda y quizá próximamente en Cabimas, el cual hasta el año pasado funcionó también como una academia de arte para los más pequeños.

Proyecto, proyectos y más proyectos: ¿No es mucho para una sola persona?

Mueve la cabeza de derecha a izquierda, con un mohín de despreocupación: «No, no… Tengo una energía, que es la misma que tú tienes, y yo trato de enfocarla, en buscar gente con mis mismas inquietudes, en liderar iniciativas, buscar apoyos; mientras otros pierden esa energía en criticar sin desarrollar su potencial, yo me concentro en hacer cosas, en ocasiones simultáneas…y resultan».

Francisco recuerda su visita al Museo del Louvre, donde tuvo la oportunidad de admirar —como todos— la obra maestra de Leonardo Da Vinci. Sin embargo, lejos de sentirse fascinado por la pintura en sí, le inquietó el tumulto generado alrededor de la famosa modelo: las personas con sus cámaras y celulares, arremolinados para “ver” el famoso cuadro, sin detenerse siquiera a apreciar las otras maravillas que le acompañan en la misma sala del museo. «Nadie ve lo que la Mona Lisa ve», comenta divertido. «Yo no voy a dejar una Mona Lisa, pero estoy seguro de que el trabajo que quiero consolidar puede tener trascendencia para nosotros».

Baby, Lil, Bill & King Oliver's Creole Jazz Band. Fotografía cortesía Abaco Art Gallery & Store

domingo, 13 de septiembre de 2015

La cruz de Sergio Sarcos

«Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; 
y el látigo es únicamente para autoflagelarse».

Truman Capote, 
prólogo de Música para Camaleones

Sergio Sarcos y un puñado de cruces. Foto: Mirna L. Chacín
Una cruz de gran tamaño da la bienvenida a los visitantes y sintetiza de manera vibrante la simbología de la fe cristiana: dentro de ella, la virgen María y el niño Jesús reinan en el ícono de la crucifixión de El Salvador, para recordarnos que lejos de significar el martirio de Jesús, representa el triunfo sobre la muerte y la salvación para los creyentes.

Fueron los bárbaros quienes introdujeron este cruento método de ejecución de los delincuentes, el cual fue adoptado posteriormente por los griegos y, luego, por los romanos. El Deuteronomio (21: 22-23) lo menciona como un castigo abominable: «Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra que Jehová tu Dios te da por heredad». 

Cristo tricolor. Cortesía: Sergio Sarcos
Sin embargo, para los cristianos, la muerte de Jesús en la cruz, lejos de ser vergonzosa, es una muestra de su amor y sacrificio por la salvación de la humanidad. Tal como lo afirma Juan (3:16): «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». El Apóstol Pedro lo reiteraría (Pedro 2:24), al referir que Jesús, «quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados».

Es interesante recordar estas referencias bíblicas, aunque no se profese la religión católica, cuando uno visita la exposición Por este puñado de cruces, del artista plástico Sergio Sarcos, muestra que desde el pasado 10 de septiembre se encuentra a disposición del público en la sala Sergio Antillano del Teatro Baralt, en Maracaibo.

Nuestra Señora de Coromoto.
Foto: José Gregorio Marcano
Quien conoce a Sarcos sabe de su pasión por el Arte, así, en mayúsculas. Una pasión que comparte diariamente a través de las redes sociales, al difundir selectas obras de los más exquisitos artistas del orbe. Quien lo conoce también sabe de su acendrada fe religiosa, la cual ha permeado su producción artística a lo largo de los últimos años. Por ello, la exposición que celebra sus 36 años de trayectoria muestra la evolución de su trabajo reciente, colmado de santas, santos, ángeles…y cruces.

No hay fotografía que documente con justicia las obras de Sergio Sarcos. Él, hábil dibujante e ilustrador, ha añadido una minuciosidad en sus creaciones que difícilmente pueda ser capturada por la lente de una cámara. A la limpieza del dibujo, a la línea perfecta, a la cuidadosa disposición de las figuras, generalmente planas en su soporte bidimensional de cartón o papel, agrega la labor del artesano con aplicaciones de bisutería y elementos varios que añaden dimensionalidad y brillo a sus santos, vírgenes y cristos. Al sutil color proveniente del uso prolijo de la acuarela, suma arabescos con acrílicos, minúsculos puntos de color, sombras en creyón, delineado con tinta china…

Un rincón de la exposición.
Fotografía: José Gregorio Marcano
Las figuras religiosas de Sergio Sarcos no escapan de la imagenería convencional que la tradición cultural y artística les ha asignado. Pero las vírgenes, santos, ángeles y cristos del artista son “otra cosa”. Casi siempre con plácidas sonrisas, a veces mirando al espectador, reinando en el pequeño formato que les brinda cobijo.

Los cristos de Sarcos no son para nada figuras sufrientes: por el contrario, su rostro refleja una serena belleza, tal como corresponde a quien se le considera el Salvador del Mundo. Vestido con túnicas engalanadas, especialmente los de gran formato, los brazos abiertos abrazan con sincero afecto a quienes se les acerca, aun cuando tenga los ojos cerrados, la mirada ausente. Sin embargo, algunos se encuentran desnudos, mostrando sus partes pudendas, desprovistos de ropaje y de hipocresía. No son personajes martirizados, a pesar de que clavos hieran sus carnes y sangre mane de sus manos y pies. Son representaciones del cristo reencarnado, redentor de la humanidad, seres de luz surgidos de la mente creadora de este marabino excepcional.

Foto cortesía Sergio Sarcos
Llama la atención las cruces de pequeño formato pintadas con los colores de la bandera venezolana, alguno con solo siete estrellas, otro negro…¿representaciones de la esperanza de redención para un país en conflicto?

La exposición se estructura, espacialmente, en cuatro partes: a la izquierda, la Virgen de Chiquinquirá, patrona del pueblo zuliano; a la derecha, un homenaje a San Benito, el santo negro, cuya hermosa piel oscura adquiere tonos casi brillantes que destacan el rostro europeo (sí, europeo) y hasta infantil. Al fondo, un homenaje a los ángeles (desnudos, femeninos, voluptuosos) y un altar con las imágenes de Santa Bárbara, San Sebastián, Santa Rosa de Lima, el santo Niño de Atocha, María Rosa Mística, las vírgenes de Fátima y Guadalupe…

Santa Bárbara. Fotografía: José Gregorio Marcano
Otras advocaciones de María reinan en el rincón izquierdo, detrás de dos cruces dispuestas de manera casi flotante y otras apiladas contra la pared: Nuestra Señora de Coromoto, la Virgen del Valle, Nuestra Señora del Rosario de Cabimas…Todas con el sello del pintor: serenas, coloridas, de delicadas facciones.

El abultado número de obras merece que le dediquemos tiempo para detallar su cuidadosa ejecución. Algunos se admirarán por su preciosismo decorativo, pero la experiencia de observación mejorará aún más si nos detenemos a “leer” ese discurso creativo que va más allá de la mera ejecución del artista y que nos permite conocerlo, sentirlo…admirarlo. Sin ánimos de exagerar, creo que es una experiencia diferente. Incluso, si pudiera, se los podría jurar…¡Por este puñado de cruces!

Virgen de Chiquinquirá.
Un aspecto de la exposición.
Virgen de Chiquinquirá.
Otra representación de La Chinita.
Cristo moreno en un nicho.
Autoretrato con armadura.
Virgen de Guadalupe.
Cristo desnudo.
Fotografías: José Gregorio Marcano

domingo, 31 de mayo de 2015

Lunar: la soledad como compañera

A 75 años del nacimiento de Emerio Darío Lunar
 y a 25 de su fallecimiento.
Fotografía: Escolástico Velásquez.
Hace 25 años, Emerio Darío Lunar abandonaba su casa en el sector Las Cabillas para adentrarse en los límites de lo eterno. Ahora, sus pinturas, esas mujeres inaccesibles que con tanto esmero retrató, han pasado de adornar los muros del hogar familiar a pasearse por el mundo, como muestra del talento innato de este artista excepcional.

Representadas como vírgenes estatuarias o con un sutil erotismo, la mujer representó el ideal de belleza de Lunar. Ahora que ya no está, uno pudiera imaginarlas en las cálidas noches de Cabimas, bajando de las telas colgadas en las paredes para posar en la sala de la casa, esa que tantas figuras de la plástica nacional recibiera para admirar la obra inusual de este pintor zuliano. Lamentablemente, es una visión imposible, no por lo irreal que pudiera parecer, sino porque la gran mayoría de dichos cuadros fueron robados de esta vivienda en marzo de 2010.

Rodeado de sus mujeres etéreas.
De la humilde morada solo queda el cascarón: fallecidos sus padres (María Natividad, en 1978 y Manuel Esteban en 1997), su hermano Manuel Marcelino había ocupado la residencia, aun a pesar del deterioro creciente que evidenciaba. Luego del despojo masivo de las obras del artista, bajo la mirada silenciosa de los propios vecinos, la extraña magia que le acompañó en vida se perdió para siempre.

Los aficionados a categorizar el esfuerzo humano asignaron diversos nombres a la producción artística de Lunar, pero él, modesto y a la vez consciente de lo que hacía, nunca quiso encasillarse. Prefirió automarginarse de las tendencias de moda y continuar aprendiendo con la práctica, empeñado en la búsqueda de la “perfección” en una ciudad imperfecta y en poblar imposibles espacios arquitectónicos con figuras fantasmales, surgidas de su inquieta imaginación.

“Necesito la soledad para crear, para lograr una mayor concentración”, me confesó en alguna oportunidad con su voz pausada, casi inaudible. “A veces la reflejo en mis cuadros, pero es casualidad. Hay gente que no puede estar sola porque se vuelve loca…yo no; la soledad es mi compañera. Yo estoy aquí con papá y mi hermano Manuel, pero me siento solo, porque soy muy poco comunicativo”.

Durante la inauguración del Museo
Vial del Núcleo LUZ COL.
De carácter contradictorio, a veces extremadamente efusivo, bromista consumado, en otras ocasiones era apenas una sombra  que se paseaba de un lado a otro de la casa, meditabundo, fumando sin cesar y sin dirigir la palabra a nadie. Era el mismo que se afanaba preparando un quesillo, reconocido entre la familia como uno de los mejores que habían probado y que él se impuso hacerlo según la receta de una sobrina política, tal como aprendió a tocar el acordeón, a coser su ropa…a pintar.

Lunar nació el 27 de enero de 1940 en Cabimas, una ciudad que abandonó pocas veces y por la cual sentía un vínculo atávico. Era el último de los cuatro hijos de dos emigrantes margariteños quienes se habían dedicado a la actividad comercial, luego de que el padre abandonara su empleo en las transnacionales petroleras. De débil contextura y enfermizo, desde niño se sintió atraído por el dibujo. Pese a su bajo rendimiento en los estudios, logró culminar el sexto grado de educación primaria y decidió orientar sus intereses hacia otros objetivos de aprendizaje.

La tumba del Faraón (1969). Esta obra fue
desgarrada durante el hurto masivo ocurrido en 2010.
Así, se desempeñó como músico y pintor de letreros comerciales. Iniciaba una vida bohemia, que incluyó un periodo turbulento en Margarita, donde atendía una pequeña tienda propiedad de su familia. En 1967, con 27 años, se aventuró en la pintura, sin más maestros que él mismo y su afán de aprender. Había adquirido algunos conocimientos básicos en un curso de dibujo por correspondencia, pero en la práctica su formación fue esencialmente autodidacta. Esa obstinada necesidad de desarrollar su talento le llevaría largas jornadas de desvelos, en las cuales ni comía ni dormía, hasta llegar a una crisis nerviosa, la primera de varias que sufriría durante la década de los años 70. Acompañadas por una desmedida afición a la bebida, marcaron sus años posteriores entre sanatorios mentales, correrías nocturnas, borracheras y rigurosas sesiones de trabajo creativo.


En la portada del catálogo el famoso retrato
realizado a Carolina Bogen de González.
Paralelamente es su periodo más fecundo e interesante en las artes plásticas, de hallazgos sorprendentes para él mismo y para aquellos que lo llegan a conocer. En 1969, aupado por Carlos Contramaestre y Oscar González Bogen, expone en el Ateneo de Caracas. Las críticas positivas que surgieron de esa muestra le impulsaron a mejorar y a buscar la perfección en su obra. Ya la pintura dejaba de ser un entretenimiento para adornar las vacías paredes del hogar familiar. Era la transición a su etapa adulta como artista.

La concepción simbólica del color se refleja en la obra de Lunar. El blanco representa la muerte, tal como lo expondría a Juan Calzadilla, uno de sus biógrafos; y como me lo referiría en una de nuestras frecuentes conversaciones: “Por eso mis mujeres son fantasmas, gente que no tiene vida.  Últimamente les pinto los labios, los trajes y la boca, para darles vida dentro de la muerte. Esas mujeres están muertas, pero han sido resucitadas por mí, que soy su padre creador”.

Retrato imponente de Graziano Gasparini.
Tan particular teoría cromática a veces no se correspondía con lo establecido: “Por ejemplo, el color azul, según me dijo (el pintor) Henry Bermúdez, representa quietud. Yo no lo sabía; por eso, sin saberlo, usaba colores vivos, para darles mayor fuerza”.

La muerte fue una constante, tanto en su trabajo artístico como en sus conversaciones privadas. Sin embargo, jamás pensó en ella como algo terrible, a lo cual había que temer. Tal como lo señala el crítico Perán Erminy, “sentía que la muerte no dejaba de acompañarlo y que la vida de uno era demasiado breve y precaria en comparación con la inmensidad de la muerte…”.

Esa visión la vinculaba con su creación: “Ese mundo de los personajes tal vez sea mi mundo, porque yo me identifico con ellos, con las cosas muertas”, me diría en alguna ocasión. Lo ratifica Erminy: “En la obra de lunar la presencia de la muerte está asociada a la idea de eternidad, que es una noción clave en la poética de este artista”.

En nuestras conversaciones, Emerio me explicaba: “Creo que nunca moriré. Yo volveré a vivir, tal vez no con esta misma cara ni con la misma familia…Creo bastante en la reencarnación”.

Emerio en 1980. Fuente: Galería Odalys.
En los años 80, Lunar recibió abundantes reconocimientos y participó en varias exposiciones . Protagonizó el Cuaderno Lagoven en la Pantalla que lleva su nombre, con textos de María Elena Ramos y dirección de Sergio Sierra. Aun me conmueve la escena final, donde se le ve interpretando el acordeón, rodeado de mujeres que actúan en el taller ubicado en la casa paterna.

En 1990, una maligna enfermedad, silenciosamente anidada en su débil cuerpo, evidenció  que el camino llegaba a su fin.  Su salud, por lo general de condición precaria, fue decayendo con rapidez. Los últimos meses transcurrieron rodeado de sus familiares más cercanos, con un sosiego lejano a los turbulentos días de su juventud.

La cascada (1986), paisaje onírico de Lunar,
colección MACZUL.
Fotografía: Mirem de Ondiz
Tras el funeral, recordé claramente fragmentos de una conversación, quizá de las últimas que sostendríamos antes de su partida. Era una de esas tertulias frecuentes en mis tiempos de estudiante de periodismo, cuando sentados en su taller comentábamos cosas tan disímiles como los chismes familiares o la caracterización de sus cuadros.

Si bien poco le agradaba tener que explicarse a sí mismo o a su trabajo, le entretenía oír las apreciaciones de los demás  sobre estos tópicos. “¿Piensas en tu vida como algo productivo?”, le pregunté en aquel momento. Era una interrogante ilógica si considerábamos el inmensurable legado artístico que dejaba tras de sí, pero coherente con esa visión bohemia y libertina que muchos le asignaban a su existencia.

De visita en el MACZUL en octubre de 2014, me
reencontré con La cascada en la exposición: El paisaje
“Creo que sí”, fue su respuesta. “Yo no he perdido mi tiempo. Las cosas que me han pasado las tomo como algo natural. Estoy satisfecho con mi vida. Yo no tengo nada que hacer, todo lo he hecho…”

Miré a mi alrededor todas esas obras extraordinarias que durante años se habían ido multiplicando en las paredes, algunas de manera temporal; otras, sin fecha determinada de partida porque él así lo había decidido y el cuadro no sería vendido. “¿Ni siquiera en la pintura?”, repregunté extrañado.

“En la pintura puedo seguir, pero en lo que yo pueda hacer, como dice la canción, la vida no importa”, fue su respuesta. De repente, sin quererlo, una sensación de pesar nos invadió a ambos.

Entonces ¿cómo te gustaría que te recordaran? 

Que la gente me recuerde por mis cuadros. Como persona, me da igual que me recuerden o no.

Expectativa (1970). El niño del cuadro soy yo, según una fotografía realizada a los cuatro años de edad.